miércoles, 9 de enero de 2013

El voto de los pobres.


En la latinoamérica actual se cuestiona la legitimidad
de sus gobernantes.
-¡Unai, los pobres votan lo que votan porque son más manipulables!

-¿Y cómo se los manipula?

-Porque tienen más necesidades.

-¿Entonces las personas ricas o de clase media no tienen necesidades?

-Ya sé a donde querés ir.. claro que tienen necesidades, pero son de consumo. Y eso es muy distinto.

-¿Te refieres a los viajes al exterior o a los televisores de plasma?

-Exactamente.

-No creo que sea tan sencillo dividir unas necesidades de otras, o a una clase social de otra; pero bueno, vamos a darlo hipotéticamente por válido. Aunque me queda una duda, ¿Me podrías explicar en que se diferencian dichas necesidades?

-Sí, como dije las necesidades de la clase media son de consumo, de tipo superficial, en ellas nadie se juega la vida. En cambio,  las necesidades de las personas humildes son mucho más fuertes.

¿Más honestas?

No conozco en la historia ninguna lucha por
un mundo más justo que no haya sido iniciada o sostenida
gracias a la fuerza de los más humildes.
-No, no es lo que quiero decir.

¿Y que es lo que quieres decir?

-Ahora no sé cómo expresarlo.

-Quizás entonces tendrías que cuidarte de hablar tan a la ligera, al menos hasta que tengas tu idea bien fundamentada. Mira, yo nunca vi a un pobre decir que el voto de la clase media era menos válido que el suyo, jamás vi a ningún "pobre" decir que la clase media es infinitamente más permeable por los medios o a causa sus caprichosas necesidades de consumo. Ellos, como tu dices, sí se juegan la vida. Y sin embargo tienen el buen gusto de callar y respetar tu voto. Creo que deberías hacer lo mismo.

-Ok, mejor lo dejamos acá.

-¿Estás enojada?

-No.


Escribiendo desde el sur del sur

Lic. Unai Rivas Campo.

lunes, 7 de enero de 2013

Cómo leer este blog.

Hoy me contactó un lector.

Si, aunque parezca mentira esto lo lee alguien.

En fin, el caso es que me di cuenta de que no se me entiende demasiado. Lo cierto es que tampoco lo pretendo, al fin y al cabo aquello que se entiende solamente con la conciencia jamás se entiende realmente. Por eso trato de que la estructura de pensamiento tras mis escritos se infiera. Que la esencia tras mis palabras pueda ser reconstruida por cada uno, a su manera.

Aquello que merece la pena aprender, no puede solamente ser
comprendido desde la conciencia.
No hay nada peor que un psicólogo loro. Me refiero a esos que repiten de manera compulsiva citas de los autores a los que supuestamente admiran, pero que rara vez comprenden. Así se crean aparatos de poder. Donde el que más repite alcanza cierto estatus y un puesto en una jerarquía basada en una mentira. Una mentira consensuada donde nadie se entera de nada y en la que paradógicamente todos simulan saber.

Pues no. Aquí no voy a explicar nada directamente. ¿Tengo claras las bases de mi pensamiento? Creo que sí. Tanto como dudas me quedan. Demasiadas cosas por aprender. Los misterios de la estética continúan siendo enormes y estamos en pañales en cuanto a lo que sabiduría se refiere. Somos niños. Dioses tontos que desconocen la responsabilidad inherente a su potencial.

Mientras tanto nos quedan los grandes autores. Desde Milton Erickson hasta Castaneda. Y por supuesto Bateson, el más sabio de todos. Un gigante. Leerlo, por cierto, es mucho más interesante que perder el tiempo aquí. Es difícil, a el tampoco le gustaba revelar abiertamente lo que creía saber. O no podía, quien sabe. Y sin embargo enseñaba mucho más de lo que nadie ha hecho. Esto no significa que se expresara de manera oscura, al contrario, hablaba claro. Ocurre que no se comunicaba solamente con la conciencia. Pues ésta, si bien es inteligente, carece de sabiduría.

En conclusión, este blog no pretende construir una escuela. Nada me entristecería más que vivir rodeado de loros. De todas formas reconozco que existen artículos más importantes que otros. Pero en todos se encontrará la esencia estética de la teoría sistémica, recortes de su poesía y metáfora.

O al menos eso intento.


Escribiendo desde el sur del sur.


Lic Unai Rivas Campo.

martes, 4 de diciembre de 2012

La dictadura de la objetividad.

Pintura que muestra la quema de brujas en la edad media.
Hubo un tiempo en el que se quemaban brujas. Bueno, brujas y lo que fuera. Aquella gente no era precisamente muy exquisita. Todo aquello que sonara u oliera a diferente terminaba en la hoguera. Supongo que les gustaba mucho el tema quemar, no sé.

Estoy hablando por supuesto de la edad media.

Tiempo pasado.

¿O no?

Hoy vivimos bajo la égida de otra dictadura. Más cruel y sangrienta. Implaclable. Estoy hablando claro está sobre la dictadura de la objetividad.

Somos la civilización que más tiempo, esfuerzo y dinero ha invertido en comprender y encumbrar la materia. Desde los millones de euros invertidos en un colisionador de hadrones de proporciones faraónicas, hasta las clásicas frases de elogio. Esas que dicen cosas como "te lo cuento a vos porque sos un tipo objetivo". En fin, lo cierto es que la objetividad es una característica propia de los objetos. Nada más. No obstante, los sujetos estamos condenados a relacionarnos con la materia. Podemos comprenderla, desde nuestra sibjetividad. Usar la lógica (que es una sistema de pensamiento objetivo), pero jamás podremos percibir objetivamente nuestra realidad. Somos sujetos, atravesados por historias, emociones, anhelos y fantasías. Y nuestra forma de comprender nuestro universo siempre estará atravesada por dicha subjetividad. No obstante, la vinculacion de los humanos con la percepción objetiva es un tema fascinante. Algo digno de investigar que por falta de tiempo prefiero dejar para otra noche.

Logotipo que aparece en una famosa
página escéptica.
¿Estamos frente a la inquisición moderna?
Y es que para comenzar a hablar de dicha relación primero debemos asumir que estamos atravesados por la subjetividad. Algo que no todos están dispuestos a hacer. Esto es lo que justamente sucede con algunos círculos autoproclamados escépticos. Grupos en principio bienintencionados que buscarían desbaratar algunos mitos, creencias o estafas que caminan por ahí. Pero que en su seno ocultan el peor de los males. La más oscura de las cegueras. Llegando a negar la existencia misma de su propia subjetividad. Y es que la objetividad tiene sus ventajas. Nadie puede negarlo. Si algo pesa tres kilos pesa tres kilos. ¿Qué se puede debatir? Nada. En ese sentido la objetividad es fantástica. El dolor de la duda queda anestesiado bajo frío manto de cemento.

El problema es que como toda anestesia, esta se vuelve adictiva. Al fin y al cabo es sencillo afrontar la vida desde ahí. Demasiado. Lo comprobado no se discute y la victoria estaría siempre asegurada. Generando así una euforia atrapante para sus miembros. Una captura de la que es difícil salir. Tanto que los actualmente autoproclamados escépticos son incapaces de aceptar cualquier forma de subjetividad. Llegando incluso a negar lo innegable. Como la subjetividad en las ciencias. Y es que en cualquier investigación, tanto las hipótesis como las conclusiones son hechos profundamente subjetivos. Algo que lejos de restarle mérito, hace de la ciencia una seductora forma de acercarse al conocimiento.

¿Qué ocurre cuando la economía se
transforma en una ciencia objetiva?
¿Y cuando la objetividad se vuelve un dogma?
Hasta ahí esto no sería nada demasiado grave. Apenas unas pocas mentes obtusas ahogadas en su propia soberbia. Malos científicos. Nada más. Sin embargo el asunto se complica cuando comenzamos a ahondar en las muchas implicaciónes que la epistemología objetivista supone.

No en vano, ver el mundo desde una pretensión de absoluta objetividad tiene sus consecuencias. Tantas como el relativismo puro. Tan peligroso es creer que todo puede ser cuestionado como que nada lo es. A veces pienso en estos últimos años. En la crisis mundial. En como se fue todo a la mierda. Quien sabe, quizás deberíamos habernos cuestionado más las cosas. Plantear que la ciencia económica no estaba tan llena de verdades objetivas. Que los nuevos dogmas liberales no nos hicieron más libres. Porque somos esclavos. Esclavos de la prepotente tiranía de lo objetivo. Mientras tanto, la filosofía ha sido relegada a cubo de basura de la historia. Allí descansa con el resto de las humanidades. Enterrada junto a nuestros sueños de un mundo mejor.

En fin, no importa. La vida siempre sale adelante.

Y sinceramente, las cosas más lindas son aquellas que crecen en los lugares más oscuros.

Flores salvajes, libres, que brillan con luz propia.


Escribiendo desde el sur del sur.


Lic. Unai Rivas Campo.




jueves, 22 de noviembre de 2012

Jugar como el Barcelona.

Solo hay dos equipos que me importan. El Athletic Club de Bilbao y Racing de Avellaneda. Nada más. De hecho, tengo que confesar que el fútbol medio que me chupa un huevo. Será porque ninguno de esos tipos que corren tras una pelota me pagó nunca el alquiler. No obstante me gusta y lo sigo. Incluso algunas veces me tomo el tiempo de ver algunos partidos de otros equipos. Entre ellos están por supuesto los del Barcelona. Es curioso verlos jugar. Poseen cierta estética musical, una poesía, un ritmo No parecen humanos. Al verlos se siente que son algo más.

Una combinación de juego, arte y espiritualidad.

Un sistema.

Decía Gregory Bateson que la mente no estaba precisamente ubicada da en el cerebro, tampoco en el cuerpo. La mente es algo que no rodea. El gran principio regulador que fluye a través de nuestro entorno. Creemos erróneamente que somos sujetos aislados. Entidades independientes de los demás. Olvidamos así que formamos siempre parte de algo. De un sistema mayor, de una mente.

Mentes que se autorregulan, que tienen sus propios equilibrios y planes. A veces tomados por la salud, otras por la insania. Como en esas familias donde generación tras generación se repite un caso de esquizofrenia o de suicidio. Las culturas también son exponentes de esa gran mente colectiva de la que formamos parte. Jung la llamaba inconsciente colectivo, y tras estudiar muchas religiones llegó a la conclusión de que dicha mente tenía una suerte de lenguaje universal. Que para nosotros los sistémicos sin duda es de orden estético. Una melodía que se ejecuta desde el inconsciente del equipo y que, como en una buena banda de jazz, otorga a sus miembros el espacio para conscientemente poder improvisar.

Y es precisamente esa estética la que vemos actuar cuando juega el Barcelona. Allí donde los indivíduos  se religan formando una consciencia colectiva. Será por eso que tanto Guardiola como Bielsa (técnico reconocido como el gran inspirador del genio catalán) fomentan una actitud de humildad en su grupo de jugadores. Dejando de lado los egos omnipotentes. Instándolos a ser fieles a un sistema. Hartándose de jugar.

Marcelo Bielsa: Fútbol y filosofía.
Siempre pienso además que el Barcelona posee otra virtud que nos deja a todos una importante enseñanza de vida. Pues más allá de la buena o mala suerte que el equipo barcelonés haya tenido en una temporada, siempre termina ubicado en los primeros puestos de la tabla. Siempre. ¿Por qué? Porque la suerte no existe. O si existe, su rango de influencia resulta menor. Porque el que es leal a su propio juego, aquel que lo cuida, tarde o temprano, llega.

De esta forma jugar como el Barcelona es algo más que darle pataditas a una esfera. Jugar como el Barcelona implica muchas cosas. Como ser humilde. Formar parte de algo mayor. Hacernos cargo de nuestros propios errores. Y sobre todo, no culpar a la suerte.

Que seguramente existe, pero que jamás ganará una campeonato.

Ni tampoco modificará sustancialmente nuestra existencia.


Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Ángeles de alas negras.

BODHISATTVA: Para el budismo mahayana es aquel que puede alcanzar el Buda. La máxima de las felicidades. Pero que justo en la puerta renuncia, de manera consciente y responsable a ello.


Esta tarde he sido un Bodhisattva. En la terraza, con una cerveza fría y mirando al cielo. Cantando viejas melodías que tan solo yo recuerdo. Dejándome acariciar por la brisa. Como la hoja de un árbol en un día de viento. Solo.

Feliz.
El cielo puede esperar.

Tanto que durante un instante creí, quise, estar allí para siempre. En mi cielo. Sin embargo tuve un momento de cordura. De esos que muy cada tanto me agarran, y volví. 

Decía un viejo amigo que el paraíso, no estaba precisamente arriba, sino bajo nuestros pies. Que permanentemente vivíamos huyendo de él. Quizás entonces los Bodhisattvas modernos no sean estatuas de bronce de frío rostro oriental. Quizás solo sean ángeles de alas negras. Volando con todas sus fuerzas. Luchando a contramano. Resistiéndose agónicos a caer en el paraíso. No sé. Será que hay mucha gente valiosa en este mundo. Demasiadas nostalgias, abrazos, lágrimas perdidas y manos que tender. Buenas personas. Así es que por ahora este es mi mundo. A veces frío y oscuro. Repleto de humanas tonalidades. Por eso es que honestamente prefiero, y elijo, quedarme en él.
Merece la pena.

Escribiendo desde el sur del sur.

Unai.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Ideas y convicciones.

Ayer discutí con una amiga. No peleamos, pero si intercambiamos opiniones. Visiones distintas del mundo. Recuerdo que ella estaba muy enojada. Triste en el fondo. Hablaba sobre un compañero de trabajo al que no soportaba, mal tipo, pero muy astuto. Estaba angustiada. Esa lógico. Ella es una persona de esas que siempre va al frente. Honesta, a veces demasiado.

La mayor parte de la gente solo se escucha a si misma.
Temen perder sus convicciones.
No se confundan, no tengo nada en contra de la honestidad. De hecho le doy a esta un gran valor. Tanto que no considero que todo el mundo se la merezca. No creo que en este planeta nuestro, todos busquen la verdad. Ni adentro, ni afuera. Seguramente esto se deba a la necesidad de evadir el dolor que cualquier verdad supone. Interna o externa. Eso da igual.

Le dije cualquier pelotudez. Cuando alguien a quien quieres esta triste, las palabras brillantes emigran. De tal forma que solté lo que sea con tal de que se anime. Fue al pedo.

Me hubiera gustado ser más claro. Decirle que no siempre se puede poner el cuerpo con todos. Explicarle claramente la diferencia entre ideas y convicciones. Decirle que las primeras solo pueden ser discutidas en la medida que existe un otro que esté dispuesto a debatirlas limpiamente.

Porque además, las convicciones son así, raras, misteriosas, ciertamente incapturables. En mi caso puedo decir que tengo algunas pocas. No muchas, digamos que las suficientes. Aunque me juego a muerte por ellas. Eso, claro, no significa que no trate de escuchar a otros y que no me haga a mi mismo cuestionamientos. Muchas veces el argumento del otro te puede hacer dudar, y sin embargo eso no significa que uno necesariamente deba abandonar la forma en la que elige mirar la realidad. Porque las convicciones son una decisión de vida. Algo que va más allá de la fortaleza lógica de cualquier argumento. Por eso nos hacen libres. Pues las elegimos. Son una decisión. Una decisión que puede ser modificada por ideas nuevas, pero no siempre. Al fin y al cabo perder una discusión no significa necesariamente no tener razón. Perder solo nos enseña que no encontramos el respaldo argumentativo suficiente para aquello que defendemos. Quizás por no estar en los cierto, o quizás porque dichos argumentos aún no fueron inventados.

Recuerdo como en los noventa no existían argumentos para cuestionar el actual modelo económico mundial. FMI o Banco Mundial eran palabra sagrada. No obstante muchos logramos mantener contra viento y marea nuestras convicciones. Tratando de pensar. Buscando nuevos argumentos. Ideas que nos dieran la fuerza necesaria para volver al ruedo.

En fin, son muchas más cosas las que le hubiera ducho. No quiero aburrir a nadie. Le diría de vuelta que no siempre merece la pena discutir. Que hay mucha gente por ahí que debate deportivamente las ideas que sostienen sus convicciones, pero que también son legión los sujetos mezquinos que no lo hacen. Que se cagan en cualquier cosa que les digamos. Gente con la que no merece la pena discutir. Seguramente porque no diferencian sus ideas de sus convicciones, y por tanto, temen perderlas. Será que todos necesitamos creer en algo.

Algo a lo que aferrarnos.

La diferencia es que algunos, a veces, tienen el valor de reconocerlo y discutir desde dicho lugar.


Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

martes, 30 de octubre de 2012

La mentira.

Las únicas mentiras que realmente nos engañan son las nuestras.
No voy a criticar la mentira. A lo largo de mi vida he mentido demasiado como para ahora culparla de nada. O al menos, para hacerlo con la necesaria honestidad, antes debería tratar de comprenderla un poco mejor. La verdad, desconozco, por ejemplo, si no decir la verdad es necesariamente una mentira. Tampoco sé realmente si esa clase de mentira resulta la única posible. Lo cierto es que en este asunto tengo más preguntas que respuestas. ¿Son malas las mentiras? ¿Es insano mentir? ¿Existen mentiras más sanas que otras? No sé. Se ha escrito mucho sobre el tema, generalmente textos de carácter moral. Pocas veces se ha profundizado verdaderamente sobre ella, yo tampoco lo haré. No esta noche. El que si lo hizo fue Nietzsche. El desdeñaba la mentira. Entre otras cosas porque según decía nos convertía en esclavos de sostenerla de por vida.

A esto Sartre le sumaba que la única mentira digna de llamarse así era aquella que uno se decía a si mismo. En fin, quizás de eso se trate la auténtica mentira. Es decir, de un autoengaño destinado a evadir el propio dolor. Un espejo deformante del ser. La eterna captura de lo más humano en nosotros. Una cárcel para el alma.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.