Solo hay dos equipos que me importan. El Athletic Club de Bilbao y Racing de Avellaneda. Nada más. De hecho, tengo que confesar que el fútbol medio que me chupa un huevo. Será porque ninguno de esos tipos que corren tras una pelota me pagó nunca el alquiler. No obstante me gusta y lo sigo. Incluso algunas veces me tomo el tiempo de ver algunos partidos de otros equipos. Entre ellos están por supuesto los del Barcelona. Es curioso verlos jugar. Poseen cierta estética musical, una poesía, un ritmo No parecen humanos. Al verlos se siente que son algo más.
Una combinación de juego, arte y espiritualidad.
Un sistema.
Decía Gregory Bateson que la mente no estaba precisamente ubicada da en el cerebro, tampoco en el cuerpo. La mente es algo que no rodea. El gran principio regulador que fluye a través de nuestro entorno. Creemos erróneamente que somos sujetos aislados. Entidades independientes de los demás. Olvidamos así que formamos siempre parte de algo. De un sistema mayor, de una mente.
Mentes que se autorregulan, que tienen sus propios equilibrios y planes. A veces tomados por la salud, otras por la insania. Como en esas familias donde generación tras generación se repite un caso de esquizofrenia o de suicidio. Las culturas también son exponentes de esa gran mente colectiva de la que formamos parte. Jung la llamaba inconsciente colectivo, y tras estudiar muchas religiones llegó a la conclusión de que dicha mente tenía una suerte de lenguaje universal. Que para nosotros los sistémicos sin duda es de orden estético. Una melodía que se ejecuta desde el inconsciente del equipo y que, como en una buena banda de jazz, otorga a sus miembros el espacio para conscientemente poder improvisar.
Y es precisamente esa estética la que vemos actuar cuando juega el Barcelona. Allí donde los indivíduos se religan formando una consciencia colectiva. Será por eso que tanto Guardiola como Bielsa (técnico reconocido como el gran inspirador del genio catalán) fomentan una actitud de humildad en su grupo de jugadores. Dejando de lado los egos omnipotentes. Instándolos a ser fieles a un sistema. Hartándose de jugar.
Marcelo Bielsa: Fútbol y filosofía.
Siempre pienso además que el Barcelona posee otra virtud que nos deja a todos una importante enseñanza de vida. Pues más allá de la buena o mala suerte que el equipo barcelonés haya tenido en una temporada, siempre termina ubicado en los primeros puestos de la tabla. Siempre. ¿Por qué? Porque la suerte no existe. O si existe, su rango de influencia resulta menor. Porque el que es leal a su propio juego, aquel que lo cuida, tarde o temprano, llega.
De esta forma jugar como el Barcelona es algo más que darle pataditas a una esfera. Jugar como el Barcelona implica muchas cosas. Como ser humilde. Formar parte de algo mayor. Hacernos cargo de nuestros propios errores. Y sobre todo, no culpar a la suerte.
Que seguramente existe, pero que jamás ganará una campeonato.
Ni tampoco modificará sustancialmente nuestra existencia.
BODHISATTVA:Para el budismo mahayana es aquel que puede alcanzar el Buda. La máxima de las felicidades. Pero que justo en la puerta renuncia, de manera consciente y responsable a ello.
Esta tarde he sido un Bodhisattva. En la terraza, con una cerveza fría y mirando al cielo. Cantando viejas melodías que tan solo yo recuerdo. Dejándome acariciar por la brisa. Como la hoja de un árbol en un día de viento. Solo.
Feliz.
El cielo puede esperar.
Tanto que durante un instante creí, quise, estar allí para siempre. En mi cielo. Sin embargo tuve un momento de cordura. De esos que muy cada tanto me agarran, y volví.
Decía un viejo amigo que el paraíso, no estaba precisamente arriba, sino bajo nuestros pies. Que permanentemente vivíamos huyendo de él. Quizás entonces los Bodhisattvas modernos no sean estatuas de bronce de frío rostro oriental. Quizás solo sean ángeles de alas negras. Volando con todas sus fuerzas. Luchando a contramano. Resistiéndose agónicos a caer en el paraíso. No sé. Será que hay mucha gente valiosa en este mundo. Demasiadas nostalgias, abrazos, lágrimas perdidas y manos que tender. Buenas personas. Así es que por ahora este es mi mundo. A veces frío y oscuro. Repleto de humanas tonalidades. Por eso es que honestamente prefiero, y elijo, quedarme en él.
Ayer discutí con una amiga. No peleamos, pero si intercambiamos opiniones. Visiones distintas del mundo. Recuerdo que ella estaba muy enojada. Triste en el fondo. Hablaba sobre un compañero de trabajo al que no soportaba, mal tipo, pero muy astuto. Estaba angustiada. Esa lógico. Ella es una persona de esas que siempre va al frente. Honesta, a veces demasiado.
La mayor parte de la gente solo se escucha a si misma.
Temen perder sus convicciones.
No se confundan, no tengo nada en contra de la honestidad. De hecho le doy a esta un gran valor. Tanto que no considero que todo el mundo se la merezca. No creo que en este planeta nuestro, todos busquen la verdad. Ni adentro, ni afuera. Seguramente esto se deba a la necesidad de evadir el dolor que cualquier verdad supone. Interna o externa. Eso da igual.
Le dije cualquier pelotudez. Cuando alguien a quien quieres esta triste, las palabras brillantes emigran. De tal forma que solté lo que sea con tal de que se anime. Fue al pedo.
Me hubiera gustado ser más claro. Decirle que no siempre se puede poner el cuerpo con todos. Explicarle claramente la diferencia entre ideas y convicciones. Decirle que las primeras solo pueden ser discutidas en la medida que existe un otro que esté dispuesto a debatirlas limpiamente.
Porque además, las convicciones son así, raras, misteriosas, ciertamente incapturables. En mi caso puedo decir que tengo algunas pocas. No muchas, digamos que las suficientes. Aunque me juego a muerte por ellas. Eso, claro, no significa que no trate de escuchar a otros y que no me haga a mi mismo cuestionamientos. Muchas veces el argumento del otro te puede hacer dudar, y sin embargo eso no significa que uno necesariamente deba abandonar la forma en la que elige mirar la realidad. Porque las convicciones son una decisión de vida. Algo que va más allá de la fortaleza lógica de cualquier argumento. Por eso nos hacen libres. Pues las elegimos. Son una decisión. Una decisión que puede ser modificada por ideas nuevas, pero no siempre. Al fin y al cabo perder una discusión no significa necesariamente no tener razón. Perder solo nos enseña que no encontramos el respaldo argumentativo suficiente para aquello que defendemos. Quizás por no estar en los cierto, o quizás porque dichos argumentos aún no fueron inventados.
Recuerdo como en los noventa no existían argumentos para cuestionar el actual modelo económico mundial. FMI o Banco Mundial eran palabra sagrada. No obstante muchos logramos mantener contra viento y marea nuestras convicciones. Tratando de pensar. Buscando nuevos argumentos. Ideas que nos dieran la fuerza necesaria para volver al ruedo.
En fin, son muchas más cosas las que le hubiera ducho. No quiero aburrir a nadie. Le diría de vuelta que no siempre merece la pena discutir. Que hay mucha gente por ahí que debate deportivamente las ideas que sostienen sus convicciones, pero que también son legión los sujetos mezquinos que no lo hacen. Que se cagan en cualquier cosa que les digamos. Gente con la que no merece la pena discutir. Seguramente porque no diferencian sus ideas de sus convicciones, y por tanto, temen perderlas. Será que todos necesitamos creer en algo.
Algo a lo que aferrarnos.
La diferencia es que algunos, a veces, tienen el valor de reconocerlo y discutir desde dicho lugar.
Las únicas mentiras que realmente nos engañan son las nuestras.
No voy a criticar la mentira. A lo largo de mi vida he mentido demasiado como para ahora culparla de nada. O al menos, para hacerlo con la necesaria honestidad, antes debería tratar de comprenderla un poco mejor. La verdad, desconozco, por ejemplo, si no decir la verdad es necesariamente una mentira. Tampoco sé realmente si esa clase de mentira resulta la única posible. Lo cierto es que en este asunto tengo más preguntas que respuestas. ¿Son malas las mentiras? ¿Es insano mentir? ¿Existen mentiras más sanas que otras? No sé. Se ha escrito mucho sobre el tema, generalmente textos de carácter moral. Pocas veces se ha profundizado verdaderamente sobre ella, yo tampoco lo haré. No esta noche. El que si lo hizo fue Nietzsche. El desdeñaba la mentira. Entre otras cosas porque según decía nos convertía en esclavos de sostenerla de por vida.
A esto Sartre le sumaba que la única mentira digna de llamarse así era aquella que uno se decía a si mismo. En fin, quizás de eso se trate la auténtica mentira. Es decir, de un autoengaño destinado a evadir el propio dolor. Un espejo deformante del ser. La eterna captura de lo más humano en nosotros. Una cárcel para el alma.
¿Cómo pudo un reducido número grupo de
hombres rudos, sucios y barbudos conquistar
algunos de los imperios más colosales de la historia humana?
Se cumple otro aniversario de la primera llegada documentada de europeos a América. O sea del famoso descubrimiento o conquista. La verdad, no me hubiera fijado en la fecha si alguien no me la hubiera recordado. Lo cierto es que no es un día que precisamente celebre. No me agrada. Más bien te diría que me rompe las pelotas. La pregunta sería por qué. Pues como muchos argumentan, conquistas han habido muchas. América no fue la excepción. De hecho, las conquistas y los imperios ya eran una realidad en la América pre-Colon. Los hombres sufrían dolores e injusticias y las culturas se eliminaban, a veces cruelmente, unas a otras. Podríamos decir entonces que la legada de los españoles al continente americano fue una conquista más. Nada nuevo. Ni mejor ni peor de las que ya existían. Y sin embargo algo no me termina de convencer. Uno siente que este no fue un asunto sin más. ¿Pero cual fue la diferencia? Supongo que la respuesta la podemos encontrar si analizamos cómo fue que se forjó el sometimiento de las dos civilizaciones más importantes de la época: La Inca y la Azteca. En en ambas nos encontramos con situaciones parecidas. O sea un muy reducido número de hombres (no más de 200 en el caso peruano) que en muy poco tiempo se hace con el control total de un vasto imperio. ¿Cómo puede ser? La respuesta es sencilla: superioridad tecnológica. Es decir, los conquistadores eran más inteligentes.
Me doy cuenta de la incomodidad que estás últimas palabras generan pero es claro que aquellos hombres blancos, sucios y barbudos eran mucho más inteligentes que los indios. Ellos no solo no tenían armas de fuego, caballos o una estrategia militar de avanzada. Tampoco poseían de la necesaria ambición. Una característica propia de eso que conocemos por inteligencia. Porque la inteligencia es así, omnipotente. Y como toda omnipotencia, infinitamente voraz. Nada escapa a esa mente separada del cuerpo. Siempre se quiere más. Nunca es suficiente. Es notable como el emperador Azteca le ofrecía a Hernan Cortes oro para evitar su avance. Seguramente pensando que si los blancos buscaban oro, una gran cantidad de oro colmaría sus deseos haciéndolos retroceder. Sin embargo para el occidental de mente insaciable, tal estrategia solo funcionó como estímulo. Y es que para nosotros los occidentales saciarse resulta imposible. Siempre buscamos más. No nos adaptamos a nada. La palabra equilibrio nos resulta ya algo ajeno. Lejano.
Así es que de eso se trató la conquista. De un modelo o sistema de ideas ambicioso y enfermo. De una mente separada del cuerpo. Insaciable consumista. Forma de vida que une a las clases pobres, medias y altas; transformándolas en una clase única: la clase miserable.
Una miseria que es justamente la que trajo esa famosa llegada.
Por eso es que no nos gusta. En el fondo nos damos cuenta como en aquellos primeros hombres de américa existía una inocencia colmada de sabiduría. Ajena a los inteligentes subterfugios de la mente occidental.
De esta forma fue que la inteligencia derrotó a la sabiduría. Esa fue a mi juicio la primera gran victoria de un modelo sobre otro. Hoy tenemos la oportunidad de la revancha. Para mí es importante. No sé, soy vasco. Nuestro pueblo lleva arraigado a una misma tierra desde que la noche es noche. Por tanto tengo un bando. Lo elijo. Deseo que la sabiduría salga victoriosa. Que triunfe. Que sea libre. Realmente libre.
El poder es como un viento, llega tan rápido como se va. Los perversos, no lo ejercen de manera genuina, se valen de su versión más enferma: el control.
Las águilas no cazan moscas (dicha por un viejo amigo).
La vida duele. Sin dolor no existe el consuelo. Sin consuelo la vida no merece la pena.
La injusticia inocula el veneno del odio, ¿La cura? El amor.
Los naufragios siempre dejan restos. En ellos encontramos lo que queda. Lo último. Lo humano. Lo más auténtico de nosotros mismos.
Elegir es perder, perder duele. Siempre.
La vida no es como queremos, sino aquello que elegimos hacer con lo que hay.
La soledad no duele, lo que hiere es el vacío.
La felicidad es un poder que sopla a su antojo. Un destino caótico y carprichoso. Lo único que podemos hacer es tener las alas preparadas, listas para volar.
Cuando vuelas durante algún tiempo entre nubes oscuras, tus alas se vuelven negras.
Vivir es un agónico salto hacia el vacío. Duele y asusta, pero merece la pena.
Años sin dormir por tantos problemas, y descubro que la solución era dormir.
La vida es una fiesta que empieza sin ti y que no se detiene cuando te vas.
¿Lo que más me gusta de la sublimación? Me permite ser un criminal sin víctimas.
El optimismo pertenece a los mercados. La esperanza, a los pueblos.
Me hice psicólogo pensando que así e libraría me madrugar. ¡Cómo me estafaron!
El capitalismo es un virus informático auto-organizado con un archivo encriptado en cada una de nuestras mentes.
La mente todo lo puede imaginar, es omnipotente. Un pequeño Dios en miniatura. Sin embargo el cuerpo es algo más sencillo. Humano, honesto y real.
Jamás hubo mayor salvaje en la tierra que el autoproclamado hombre civilizado.
Somos esclavos de aquello que pretendemos controlar.
Un hombre libre no es aquel con muchas opciones, sino ese capaz de ejercer alguna de ellas de manera responsable.
Solo tenemos una vida, una vida y nada más. Lo demás no importa. Ni siquiera eso.
Pensaba que ser psicólogo haría de mi vida algo más sencillo. Por desgracia la hipnosis no funciona con los hijos de puta.
A veces la nostalgia duele como una patada en los huevos. En ese sentido la música no ayuda.
Hay nostalgias que se clavan como cuchillos.
El domingo es un espejo.
La vida es un río por el que transcurren emociones. Algunas lindas, otras no tanto. Bloquear una es bloquearlas todas.
La angustia es ese olor a basura provocado por emociones podridas de tanto encierro.
No importa cuanto estudies, vivas, o trates de entender. Las mujeres son inescrutables.
Cuando estuve en el mítico cerro Uritorco no logre establecer contacto con ninguna civilización inteligente. El lo que va desde mi regreso tampoco.
El insulto es la última salida de los miserables. Recibirlos, aveces, puede ser un honor.
Cada día entiendo menos, cada vez disfruto más.
La naturaleza no compite, danza.
A veces la clave para ganar radica en el hecho de ser capaz de rendirse.
Todo el mundo desea acostase por las noches sintiéndose una buena persona. Especialmente los hijos de puta.
Reconozco que venir de otro país tiene sus ventajas. Y es que gracias a mi acento nadie se da cuenta de que soy extranjero.
Un título de psicólogo puede a veces ser el mayor obstáculo entre un terapeuta y su paciente.
¡Soy un estúpido! No hay en este mundo reconocimiento más liberador.
Si la obsecuencia flotara, sin duda taparía el sol.
La inteligencia es un mecanismo adaptación, pero a diferencia de otras especies, este carece de límites. Eso la hace peligrosa pues resulta inarmónica con su ecosistema circundante.
Mucha gente confunde la diferencia de opiniones con la censura. Respetar una idea no es callar ante ella. Respetar una idea es llevarla a la frontera de sus últimas consecuencias. Pelearla a muerte. Comprobar cuan sólida es.
Hoy la escuela es la primera línea de defensa frente al ataque de lo inhumano.
No hay mayor criminal que un hombre indiferente. Que un militante de la neutralidad.
Los errores nos dicen la verdad, las catástrofes nos la escupen a la cara.
Mientras controlar es jugar en el tablero de lo indigno, decidir es tomar la digna actitud de patearlo.
Quien sabe, quizás el amor sea algo más jugado, más libre. La diaria elección de un camino. El dolor de una patada en las pelotas. Un salto de Fe.
Sócrates era un cabrón. No os confundáis, no estoy diciendo que me cayera mal. Todo bien con Sócrates. Solo digo que era un cabrón. Nada más. Ocurre que el muy hijo de puta se la pasaba bardeando. Molestando a los pobres atenienses con su retórica insidiosa. Perturbando la tan adorada armonía de aquellos refinados ciudadanos. Sus preguntas eran tramposas, mentirosas y venenosas. Jugaba sucio. Sin duda estaba dotado de un intelecto afilado. Capaz de hacer fuerte el argumento más débil. De hecho, esa fue justamente una de las acusaciones por las que resultó condenado.
Sócrates: El personaje más televisivo del mundo antiguo.
Más parecido al "Doctor House" que
a un hombre verdaderamente sabio.
De todas formas, más allá de lo justo o injusto de aquella sentencia, no podemos negar el valor de algunas de sus célebres máximas. Seguramente la de mayor fama ha sido es que reza "solo se que no se nada". A lo largo de los años, la frase se hizo conocida como el ejemplo de la sencillez de un sabio. Pero lo cierto es que este peculiar personaje no la utilizaba precisamente para dichos fines. A Sócrates le encantaba valerse de la ironía. Le permitía agredir sin ser condenado por ello. Recordemos que en la Atenas clásica, alterar la paz era considerado una grave afrenta a la ley Así, cuando derrotaba a alguien en un duelo verbal, se jactaba afirmando algo parecido a esto: "...yo solo sé que no sé nada, pero este hombre cree saber algo y sin embargo ha resultado no saberlo. Por lo tanto, yo, sin saber nada, soy más sabio que él". No cabe duda de que esta era una brillante estratégía para humillar al otro valiéndose de un piadoso manto de falsa humildad. Lo dicho: un cabrón. Un cabrón simpático. De esos que me hubiera encantado tener de amigo.
Me encanta Sócrates.
No obstante, más allá de las simpatías o antipatías que este curioso personaje pudiera despertarnos, no podemos negar la potencia existente en la afirmación de la negación del propio saber. En la profunda lección que con ella nos deja. Porque creer que se sabe algo, sobre cualquier cosa, es claramente un sinónimo de ignorancia. Como en el caso de esos supuestos "expertos" en algún tema que no conocen siquiera acerca del tema sobre el cual presumen conocer. Al fin y al cabo, como se desprende de las ideas de R.D. Laing, nada resulta un mayor obstáculo para el aprendizaje que aquello que creemos saber. Es decir que aquello que damos inocentemente por sentado. En otras palabras: de lo que somos conscientes.
En ese sentido, creo que la conciencia juega un papel complicado. Un arma de doble filo. Pues ilumina tanto como oscurece. Enfocando nuestra atención en algunas áreas para oscurecer todas las demás. Es ahí donde entra Bateson afirmando que la conciencia es un corte. La divina habilidad de crear nuestros propios límites. Supongo que esa cualidad es la que hoy nos acerca paradógicamente a la extinción. Corremos el peligro de morir ahogados en la ceguera de la inteligencia.
Dicen que no hay nada más peligroso que un don desbocado. Que una habilidad huérfana. Las religiones han perdido su antaña legitimidad. Las ideologías quedaron seriamente golpeadas tras la caída del muro. Hoy más que nunca nuestra atención consciente ha quedado desligada de la totalidad. Haciéndonos más inteligentes a la vez que menos sabios. Así, cual dioses tontos, los humanos sabemos cada vez más, justamente porque ignoramos lo fundamental.
Existe solo aquello que tiene límites.
La conciencia corta, sesga.
Tiene el poder de limitar.
De crear.
¿Somos dioses?
¿Consecuencias del exceso de corte? La principal sería sin duda la contaminación del medio ambiente. Y con ello me refiero al propio, pues el planeta, a diferencia de nosotros, sobrevivirá seguro a estas torpes intervenciones. La vida es demasiado poderosa, saldrá adelante. Nosotros no. Existen claro está, otras consecuencias como los trastornos mentales, el capitalismo o incluso algunas dolencias físicas. La misma metáfora enferma actuando a través de distintos tipos lógicos.
Decía Guilles Deleuze que el humano postmoderno vivía segmentarizado. Fragmentado en mil pedazos unívocos decididos desde un poder único central. Es por ello que un joven de veinte años inglés se parece más a un argentino de su misma edad que a su abuela. Esto, que ahora damos por sentado, nunca fue así. Antes de la globalización, cada microcultura tenía sus propios límites. Cortes que protegían un ecosistema humano rico en diferencias. Bello y de gran plasticidad. Hoy, esos cortes los digita el mercado. Sesgando mentes. Controlando nuestra existencia desde una conciencia global, un sistema enfermo que se alimenta de toda aquella conciencia liberada de las religiones, y de la cual no nos hacemos cargo. Pues si bien la humanidad podría, quizás, sobrevivir sin religión, difícilmente lo hará sin ejercer su libertad de manera responsable. Es imperativa una nueva revolución de la conciencia. Seria. Profunda. Sin estupideces, arcos iris ni mierdas por el estilo. Cruda, honesta y esperanzada. En una palabra: popular. En fin, como sea, debemos hacernos cargo de nuestro poder. Del consecuente desafió que la consciencia supone. Una responsabilidad que Sócrates jamás eludió.