jueves, 10 de mayo de 2012

El aburrimiento.

El dolor negado genera angustia.
La angustia es negada resignificándola como aburrimiento.
El aburrimiento se anestesia con entretenimiento.
Trabajo en un colegio y sin embargo no enseño nada. Soy psicólogo. Me dedico entonces a otras cosas. Entre ellas a construir humanidad. Tratamos de darles a los chicos la oportunidad de que sean personas. Seres libres. Capaces de elegir, de jugarse. De pensar sin ser pensados. Eso duele claro está. Pero ya se sabe: lo que no duele angustia. Una angustia entendida como el residuo de un dolor negado. El extraño mal sabor de boca provocado por la anestesia del sentir. Sí, sentir duele; pero a la larga te humaniza y libera. No hacerlo además de angustiarte te esclaviza. De una manera tan sutil como efectiva. Pues el esclavo actual es existido a través de una falsa ilusión de existencia. Vamos, una cagada. Porque en esta cárcel sin barrotes nada puede ser reconocido. Ni el dolor, ni la esclavitud y ni mucho menos la angustia. Su presencia sería en si misma una inquietud. La alarma de que algo huele a podrido en Dinamarca.

¿Pero es posible negar la angustia? ¿Hacerla invisible?

El capitalismo ha encontrado la forma, siempre lo hace. No en vano es un sistema patológico dotado de características mentales. Es decir que, a su manera, piensa. Así es que le ha encontrado la vuelta al problema de la angustia con toda una serie de estrategias. Desde las más burdas como la sobremedicación psiquiátrica, hasta las más rebuscadas y complejas. Ese es justamente el caso del aburrimiento. Porque el aburrimeinto es angustia. Una forma camuflada de angustia. El eufemismo barato que oculta nuestro infierno cotidiano. La incapacidad de estar solos. Un perfume chillón con el que tratamos de ocultar ese extraño olor a muerte. La asfixia de no estar vivos. La nada. 

El entretenimiento anestesia el dolor de la angustia.
Y eso a la larga angustia más.
Se que es difícil. Al fin y al cabo el aburrimiento tiene sus ventajas. Estar angustiado es para muchos sinónimo de debilidad, casi de locura. Cosa no bien vista en estos tiempos, ya se sabe. El que se declara aburrido tiene en cambio esa actitud de superioridad. De desprecio hacia el mundo. Un mundo culpable de su estado. Aburrido e incapaz de entretenerlo. Y ahí es donde damos con la otra clave de este fenómeno: el entretenimiento. 

Como ya dije anteriormente trabajo en un colegio. El contacto con los chicos es permanente y siempre me sorprende como la angustia se va acumulando sobre ellos a través de los años. Restos de separaciones mal llevadas, mentiras, maltratos o destratos. Lo que sea, hay de todo. Lo triste es ver como la negación va haciendo mella en ellos. Como la angustia pasa de angustia a aburrimiento, y de aburrimiento a entretenimiento. Dejando de lado la diversión. Que suena parecida pero está lejos de ser igual. Pues así como la diversión no entretiene, el entretenimiento jamás divierte. Al contrario, el entretenimiento cosifica, anestesia, angustia... o aburre, que es lo mismo.

Si estás vivo, no te aburres.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.  


lunes, 30 de abril de 2012

Sueños diurnos

La realidad es un sistema.
Todo sistema se autorregula.
Piensa.
La realidad es un sistema. Todo lo que nos rodea está sujeto a las leyes sistemicas y cibernéticas. Seguramente la mitad de los que están leyendo esto se hayan perdido ya. Lo siento mucho. Juro que no es mi intención parecer un estúpido pedante. Mas bien es algo que me sale en forma natural. Trataré por tanto de ser más claro. Lo real se autorregula. Tiene como todo sistema mente propia. ¿Mente? Sí. Y es que como bien decía Bateson lo mental es inmanente a cualquier sistema. ¿Quiero decir con esto que la realidad piensa? Exacto. Sin embargo desconozco hasta que punto. Dice la teoría  general de sistemas que un componente de un sistema jamás podrá conocer la totalidad del sistema al cual pertenece. Al fin y al cabo una célula humana no es consciente de que se encuentra dentro de un cuerpo. Nosotros los humanos podemos rescatar sesgos o cortes de algunos aspectos de nuestro entorno circundante. No en vano la conciencia, esa que nos divide del resto de los mamìferos, ha inventado el método científico como herramienta para potenciar su capacidad y así conocer más acerca de su entorno. Sin embargo la conciencia, y ahí vuelvo a citar a Bateson, es un corte. A más conscientes somos más seccionamos aquello que miramos. Es decir, menos sabemos sobre lo que queda afuera de dichos cortes. Lo contrario a esto es la sabiduría. Que no es otra cosa que una mirada holística del mundo. Sin cortes. En fin, de eso se trata este artículo: de formular los primeros pasos hacia una teoría acerca de la sabiduría de la realidad.

Y para ello necesitamos hablar sobre los sueños.

Comencemos entonces por los sueños. El que mejor ha trabajado sobre esto sin duda ha sido Freud. Él como nadie formuló toda una serie de características sobre los distintos procesos reguladores del funcionamiento del mundo onírico. Jung, Campbell o Eliade fueron los que más pudieron aportar y profundizar acerca de a su grandioso trabajo, que por cierto, aún no ha sido superado. No soy un experto en estos temas, sin embargo de lo que pude leer rescato como la realidad onírica funciona de manera distinta a la realidad objetiva. El tiempo, el espacio o la gravedad se suavizan o incluso directamente desaparecen para pasar al servicio del auténtico principio rector de los sueños: la metáfora. Porque en el mundo de los sueños todo es comunicado en forma metafórica. Mediante un infinito número de analogías estéticas que nos hablan en silencio. Transitamos por tanto un universo puramente simbólico, curvo, poético. Sagrado.

Si te atreves a ver la vida como metáfora,
el mundo deja de ser el mismo.
Ahora bien, este fenómeno no se da solamente en los sueños. Predomina en los sueños, es verdad, pero sucede también en la llamada realidad objetiva. O mejor dicho, se da entre los distintos sucesos objetivos con los que nos encontramos. Como en la música, donde las relaciones entre notas y no las notas componen melodías. Jung llamaba a estos fenómenos de sueño diurno sincronía. Se refería a aquellas extrañas casualidades paralelas a algunos hechos. Como por ejemplo al hombre al que el día de su muerte la tintorería le envió un albornoz negro por error. Pequeñas cosas. Detalles que la mayoría de las veces suelen pasar inadvertidos y carentes de importancia. Y que sin embargo son proveedores de valiosa información cuando son analizados con las reglas con las que interpretamos los sueños. Una persona que siempre tuvo miedo a ser robada relata en una sesión haber sufrido un intento de asalto mientras cruzaba un puente. Sorprendida de haberse sentido más fuerte de lo que ella jamás hubiera imaginado que se sentiría. Un cambio. Un movimiento psíquico que marcó en su vida un antes y un después. Transitando un puente. Esto claro está no podrá ser jamás medido por el método científico pues hablamos de experiencias fuera de laboratorio e inverificables. Algo que no significa nada. Y es que el hecho de que el método científico sea limitado para medir algunos aspectos de la experiencia humana no saca a esos aspectos rengo de verdad.

Lo verdadero no puede caer en manos de la dictadura de la objetividad.

Mi maestro decía que Dios, si es que existía, se encontraba en las pequeñas cosas. En los huecos dejados entre suceso y suceso. Un Dios metáfora. Una realidad que se autorregula y que nos envía señales. Hechos sincrónicos que nos gritan agónicos verdades a aquellos corazones dispuestos a escuchar.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

miércoles, 25 de abril de 2012

¿Cómo ganarle al imperio?

Este texto está inspirado en algo que escribí el día dos de Abril en recuerdo de los caídos en Malvinas. Sin embargo, a pedido de algunos, decidí retirarlo. En momentos de tanto dolor, ciertas reflexiones bien pueden dañar injustamente muchas sensibilidades. De esta forma es que las siguientes líneas son un intento de una reflexión más abarcadora y profunda acerca del funcionamiento de las guerras actuales. Inspirada en parte en el conflicto por las Malvinas, pero con el foco puesto en nuestra realidad de hoy día.

En las guerras modernas, la única victoria es la de la miseria.
Comenzaré entonces por la guerra de Malvinas. El último choque bélico convencional entre dos naciones occidentales. Dejo en claro que no soy experto en el tema. Cuando ocurrió era un niño. Ni siquiera estaba en este país. Así es que trataré de decir lo mínimo indispensable para así no soltar más estupideces de las habituales. Para empezar diré que Inglaterra ganó. Cuentan que le costó más de lo esperado. No sé. Durante un tiempo reconozco que me emocioné con la idea de lo cerca que estuvo la Argentina de ganar. La famosa victoria aérea y todo eso. El caso es que igual Inglaterra ganó. Y a los pibes muertos poco y nada les debe importar la victoria aérea. En la guerra el único ganador es el dolor, nadie más. Supongo que aquel entusiasmo belicista se me fue afortunadamente pasando con el tiempo. Conversando con la gente que lo vivió y sufrió. Hoy creo darme cuenta de que la guerra era imposible de ganar. Al fin y al cabo los ingleses apenas mandaron una pequeña parte de su flota. Así es que no. No podemos ganarle al imperio. Esa es mi conclusión. Y si no, preguntadle a Kadafi, a Sadam o a todo aquel que en los últimos treinta años les haya tratado de presentar batalla. Vietnam quedó lejos, demasiado lejos. Ahora todo es aún peor. La brecha tecnológica y armamentística no tiene parangón. De nada sirve defenderse. Comprar armas es inútil. ¿A quién se las vamos a comprar? ¿A ellos? Lo dicho, de nada sirve.

Bueno, también podemos fabricarlas. Quiero decir que en realidad, teoricamente si existe una posibilidad de ganarle al imperio. Aunque no sé si podemos llamar ganar a lo que a continuación voy a plantear. Juzguen  ustedes. Veamos, en principio la clave radica en superarlos en su juego. ¿Cómo? Pues construyendo bombas atómicas por ejemplo. También podemos explotar económicamente a países más débiles para así ganar peso político en el tablero de poder global. O simplemente inventar algún nuevo instrumento asesino hasta ahora jamás pensado por el hombre. El objetivo es claro: destruir y someter al imperio por completo.
No podemos ganarles en su juego.
No sin terminar siendo como ellos.
Esa es la peor forma de perder.

Y así nosotros pasaríamos a ser el nuevo imperio.

Supongo que de eso trata la famosa dialéctica del amo y el esclavo. Esa que dice que todo sometido se ve tentado a, en algún momento, volverse un futuro sometedor. Como en una absurda tragicomedia donde cambian los actores para terminar actuando los mismos papeles. Pues al final el problema no es tal o cual imperio, sino el imperialismo en sí. Por tanto "ganarles en su juego" no es otra cosa que jugar su juego. Mientras que jugar su juego, es sinónimo de perder.

No importa si jugamos con blancas o negras, hay partidas que solo se ganan pateando el tablero.

Esta es una idea muy sistémica. Pues desde nuestro modelo, planteamos la existencia de dos vías de comunicación: textual y contextual. Cambiar el texto no sirve de nada sin un cambio en el contexto. Una película de terror será siempre una película de terror ya mueran siete, diez o ninguno. De esta forma, si queremos ganarle al imperio primero tenemos que ganarle al imperialismo. Osea darle una patada inteligente al tablero. Es decir romper el contexto narrativo en el que éste se desarrolla. Se que es fácil de decir. Muchos dirán de antemano que mi propuesta es utópica. Sin embargo aclaro que no lo es tanto. Todo lo que diré a continuación es una extrapolación de sucesos y estrategias concretas que ya han tenido alguna clase de éxito, o al menos han dejado al descubierto algunos puntos débiles del imperialismo.

El imperio somos nosotros.
Pero quizá debamos primero comenzar a definir que entendemos hoy por imperialismo. Pues justamente el primer paso para derrotarlo será identificarlo. No se puede derrotar a aquello que no podemos ver. Y para ello necesitamos conocerlo un poco más. Trataré de ser breve. No porque no haya mucho que decir sino porque en otros trabajos he dicho mucho ya. El caso es que el imperialismo es la cara agresiva del sistema libre mercado. Una entidad inhumana con características mentales propias. Un suprasistema. Algo así como un virus informático con un archivo insertado en cada uno de nosotros. Y es que todos somos parte del sistema libre mercado. La enfermedad está rizomatizada y resuena fuerte tanto en sometedores como en sometidos. Puede que está sea justamente la mayor fortaleza del imperio. Me refiero al hecho de que todos en nuestras casas consumismo sus series, nos vestimos con sus ropas, usamos sus programas informáticos o jugamos con sus mierda de videojuegos. Somos parte de matrix. Es triste, ya sé, pero es lo que hay.

Así es que ya no es como antes. Lo del bien contra el mal, ellos contra nosotros y todas aquellas cosas tan claras de las antiguas batallas. Pues si alguna vez realmente existieron, hace mucho que quedaron atrás. Hoy todo es distinto. Antes de disparar un solo tiro debemos combatir al imperio en lo más profundo de su territorio. Me refiero claro está a nuestras propias cabezas.

Ahí es donde entra la necesaria la guerra informativa.

Guerra informativa no es sinónimo de censura, sino más bien de todo lo contrario. Al fin y al cabo la censura es una herramienta obsoleta incluso para ellos. El imperio no necesita prohibir. No al menos de la manera clásica. Lo que hace es simplemente no publicar, deformar o infrapublicar ciertas informaciones abanderándose en la libertad de acción que este sistema otorga a las empresas privadas. De esta forma el mayor censurador de este mundo es el mercado. Corporaciones de las que fluyen informaciones sesgadas, masivas y uniformes. No, hoy no hace falta prohibir un texto. Ya no es necesario. Simplemente lo dejan de editar mientras bombardean nuestras librerías con el último libro de recetas eróticas de la famosa de turno.

En la era de los medios corporativos de
 comunicación, el rol del estado no puede ser neutral.
Hoy más que nunca resulta necesario que los estados soberanos, en latinoamérica aún quedan algunos, ejerzan la guerra de la información. Son necesarios medios de comunicación inteligentes, repletos de argumentos y que instalen versiones alternativas al rígido relato imperial. Ideas frescas que den vida a la pobre ecología del pensamiento único corporativo. Mensajes beligerantes e irreverentes. Capaces de transformar a los otrora orgullosos voceros imperiales en obscenos alfeñiques de nula gracia.  No es utopía. El caso argentino es la prueba de que el estado se encuentra hoy en potencia de ganar la batalla en el crucial campo de la construcción de la realidad. Proponiendo versiones alternativas, fomentando el enriquecimiento del panorama. De esta forma, el estado propone miradas distintas que inmediatamente obligan a la gente a elegir. A pensar y  discutir. Instalando nuevamente la política en la sociedad.

La guerra de la información será clave a la hora de construir la legitimidad necesaria para la resistencia. Y es que ahí, en la resistencia, radica el punto más débil del imperio. Pues si bien este es capaz de desarticular sin despeinarse cualquier respuesta de carácter bélico, tiene enormes dificultades a la hora de mantener ocupaciones. Tengamos además en cuenta que hasta ahora las ocupaciones solamente han sido en estados no democráticos. Poseedores de una escasa legitimidad. ¿Qué ocurrirá cuando se atrevan a someter a un pueblo democrático? Porque al menos en latinoamérica la era de los golpes ya pasó. Los ejércitos perdieron toda legitimidad en ese sentido. Nos acercamos por tanto a la era de los ataques directos. De hecho, cuando varios de los grupos corporativos más importantes del planeta se juntan para hablar de "la calidad de la democracia en América Latina", lo que están haciendo es crear las bases ideológicas para avalar una futura intervención. Cosa necesaria teniendo en cuenta que las naciones no democráticas se están agotando. El aparato bélico es un monstruo que debe ser alimentado. Y este no come vidrio, sino guerras, muerte y hambre. Por eso es que no debemos enfrentar al imperio con sus fusiles y sus tanques. La guerra es una guerra de justicia, resistencia y dignidad. En la que un pueblo en democracia le dará a este la batalla de la legitimidad. Resistiendo popularmente a un enemigo descorporalizado, oscuro e indefendible.

Las guerras fortalecen al imperio.
Las ocupaciones lo desgastan.
Repito: ningún imperio actual puede tomar un territorio durante demasiado tiempo sin debilitarse de alguna manera. Los cálidos cuerpos de los soldados no resisten lo planificado por la fría razón imperial. Hace como un mes leía la noticia de que el gobierno de los EEUU mantuvo hasta hace poco conversaciones secretas con los taliban. ¡Con los taliban! Es decir que ni siquiera han podido aplastar a su supuesto mayor enemigo tras diez años de miserable ocupación. Si esto sucede con los un ejército-secta de tan escasa legitimidad, ¿Qué ocurriría si atacaran un estado democrático? Si la resistencia es lo suficientemente legítima, serán vencidos. Pues a mayor es la legitimidad de la resistencia, mayor resulta el daño generado al invasor.

Porque el imperio es una enfermedad de la cordura. Un conjunto de ideas organizadas que viven en todos nosotros. La victoria será entonces como una terapia. En la que los pueblos sometidos por él, lo reconocerán como el verdadero enemigo. Tanto afuera como dentro de si mismos. Sintiendo y reflexionando. Venciendo al miedo. Dejando atrás sus permanentes mensajes psicopáticos. El imperio es una idea. Una idea o conjunto sistémico de ideas organizadas con capacidad de matar, sí, pero una idea al fin. Nada más. La estrategia de combate o terapia no tendrá por tanto éxito si es mayoritariamente física. Esta es una lucha mental, emocional, popular y espiritual. A todos los niveles donde podamos pegarle. ¿La violencia? Sí, pero solo como gesto simbólico y puntual. Siempre proporcional al daño sufrido y con el objeto de desgastar al ocupante. Más que eso sería legitimar la violencia como estrategia. Y eso no nos conviene. Sin duda tendríamos las de perder. Así por ejemplo, una revuelta popular violenta debería ser rápida y fulminante como puñetazo inesperado. Pero jamás jugar con la idea troskista de lo permanente, siempre ella tan funcional al sistema imperial.
La burbuja está por explotar.

Debemos transitar las movedizas aguas de lo posible tratando de no ser capturados. De no caer en su juego. Reírnos de ellos. Están acabados. Asistimos a sus primeros últimos coletazos. Nos hemos dado cuenta. Cada vez somos más los que sabemos la verdad: que solo son un chiste. Un gran chiste. Decía Nitzsche que Diós murió con una gran carcajada, la más grande jamás escuchada. Pues os aseguro que esta será mayor. Dicen que el que ríe el último ríe mejor, y ellos ya han agotado su turno. Pronto nos tocará a nosotros.

¿Será por eso que el imperio le teme tanto a la alegría?

O quizá sea porque no la puede comprar.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic Unai Rivas Campo.


Gracias a Pini Raffaele, Mariano Lopata, Anaclara Raffaele, Yolanda Clua, Marisa Jn, Ala Gubaidullina, Adriana Coria, Luz Malui por los consejos; y a Stella Maris Cao por recordarme el valor estético de la palabra "mequetrefe".

lunes, 19 de marzo de 2012

Nietzsche y el Tao

     "¿Qué es lo malo? Todo aquello que se origina en la debilidad".
                                                                      F. Nietzsche.

¿Cuando Nietzsche habla de debilidad, está hablando de la misma debilidad que describe el Tao? No lo creo. Es más, siento que muchas de las supuestas diferencias que encontramos entre las filosofías occidentales y orientales son más semánticas que de fondo. Es decir, una vez más nos juegan en contra las malditas palabras. Tan necesarias como absurdamente encumbradas (lacanianos, es a vosotros).

El agua vence a lo duro, lo débil vence a lo fuerte.
Tao.
Lo cierto es que la debilidad en Nietzsche tiene que ver más con lo insano que con lo físicamente débil. Así, el genial filósofo considera débiles aquellas existencias enfermas, mezquinas, alejadas de lo natural, de lo alegre y vivo. Por su parte el Tao trata lo débil como lo incipiente, lo joven y flexible. Siempre en contraposición a lo duro, que es considerado insano y fácil de quebrar.

¿Es lo duro fácil de quebrar? Claro que sí. Y si no me creéis comparemos el vidrio con el acero. El cristal se rompe justamente por su dureza. Caso distinto al del acero, metal famoso por su capacidad para doblarse. Así es que cuando escuchéis esa frase que dice "duro como el acero", sabed que os están mintiendo, pues la fortaleza del acero no radica precisamente en su dureza sino en su flexibilidad. De este modo, la debilidad del Tao bien puede ser tan precisa y cortante como el acero, un acero nietzschiano. Totalmente opuesto a la estática rigidez del vidrio.

Dice la teoría cibernética que los sistemas rígidos son aquellos con pocas opciones de respuesta y adaptación frente a los estímulos nuevos. De manera que la vida tiene mayores capacidades de sobrevivir cuando es diversa, polífacética y flexible. Lo rígido en cambio, suele tener poco futuro. Un tema algo inquietante, sobre todo si caemos en la cuenta de que vivimos en la era de la globalización. Donde la defensa de lo diverso ha sido muchas veces calificada como inmoral. Os lo dice un vasco. Alguien que ha sido tachado de todo lo peor que os podáis imaginar por cometer el pecado de sostener su peculiar identidad. Igual me la banco.

Como veis el pensamiento sistémico nos permite viajar de tema en tema con la suavidad del agua. Pero dejémoslo ahí, al menos por esta noche.

Quizás solo unos pocos libros en el mundo puedan compararse en sabiduría con el Tao de Lao Tze. Y puede que Nietzsche haya escrito algunos de ellos. Y es que finalmente ambos hablaron exactamente sobre lo mismo: vida, salud y belleza.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

sábado, 17 de marzo de 2012

Pagar el precio.

Ser libre es elegir. Elegir es perder y perder duele. Siempre. Supongo que a estas alturas debéis de estar más que hartos de escuchar la misma perorata. Lo comprendo. Sin embargo esta vez es importante. Pues sucede que soy psicólogo y que me guste o no elijo esta profesión. Todos los días. Es decir que pierdo algo y que me duele. Ese es el precio a pagar.

Las acciones tienen consecuencias
y romper ciertas normas su precio.
Si te endeudas demasiado, estás jodido.
Porque resulta que a lo largo de estos años se cuentan por cientos las personas con las que me he encontrado en un vínculo terapéutico. Hombres y mujeres a los que hubiera querido tener como amigos, padres, madres, amantes, esposas, maestros o incluso hijos. Seres que por alguno u otro motivo me fascinaron o tocaron mi corazón. Sujetos de los que cada  tanto me despido sin saber si algún día los volveré a ver. Soy consciente de que muchos de ellos llegan a tomarme casi el mismo cariño que yo les tomo a ellos. Cariño que muchas veces nos lleva seguramente a desear conocernos más allá de las puertas del consultorio. Pero no, eso no es posible. Hay que pagar el precio. Pues cuando uno decide ser psicólogo sabe que aquel que conocemos como paciente deforma su percepción de la figura del terapeuta. Que proyecta como dicen los psiconalistas una parte no resuelta de si mismo. Y que en resumidas cuentas no se enamora de ti por el sencillo hecho de que su percepción acerca de tu persona se encuentra alterada. Todos los que nos dedicamos a lo que yo me dedico sabemos esto. Ignorarlo es por tanto hacer un uso negligente y cobarde de nuestro poder. Un poder que es prestado y que no nos pertenece.

Así es en todos los campos, en todas las decisiones. Siempre se paga un precio. ¿Podemos saltarnos esta regla? Sí. Pero quebrar dicha norma también tendrá su precio. Un precio aún mayor, más doloroso y que también deberá ser pagado. No olvidemos además que a veces hay deudas demasiado grandes, imposibles de saldar. Ya sea en el ejercicio de mi profesión o en cualquier otra actividad de la vida cotidiana, siempre hay un precio, y si acumulas mucha morosidad, tarde o temprano la vida te mandará algún matón para romperte las piernas. Y es que las leyes sistémicas se parecen mucho a las del karma: todo vuelve. En forma de accidente, de enfermedad o incluso de una angustia jodida y persistente que te acompaña hasta el día de tu muerte. No es lindo, es lo que hay. Y tiene un precio.




Escribiendo desde el sur del sur.

Lic: Unai Rivas Campo.


domingo, 11 de marzo de 2012

Adiós.

El mundo de las palabras es complejo. Hay de todo. Competencia, política, secretos; y claro, también tabúes. Palabras tabúes, mal miradas por el resto.  De todas ellas existe una que últimamente está teniendo muy mala fama. Me estoy refiriendo a la palabra adiós.

¿Se está transformando la palabra adiós
en una palabra proscrita? 
Es notable como adiós toma distintos significados dependiendo de los pueblos que la utilicen. Un ejemplo claro es el de Euskal Herría (País Vasco), mi tierra. Allí no existe la palabra adiós. Nosotros los vascos usamos agur. Término que no implica una necesaria despedida. De hecho, etimológicamente un agur es un homenaje.  Nada más. Algo que bien puede ser usado como saludo o despedida. Supongo que cada cultura ha volcado en el significado y uso de las palabras parte de su forma de entender el mundo. Y para nosotros los vascos todo pasa siempre por el respeto.

Aunque claro, este blog está escrito en español.

Porque por desgracia sufrimos una dominación. O porque los españoles nos jodieron bien jodidos. Con muertos, torturas y mucho más. O quizás porque vivo en el sur del sur. Quien sabe, por lo que mierda sea. Da igual. El caso es que este blog está escrito en español, y en español la palabra adiós se ha transformado en una mala palabra, algo inmoral. Pues hoy decir adiós es visto como una negación del otro. Un crimen al vínculo entre dos personas. El asesinato de una amistad. La muerte definitiva expresada en un grito agudo, cruel, silencioso.

Se nota que vivimos tiempos difíciles para el concepto de separación. Una idea de la cual deriva la palabra adiós. Cabe aclarar que en principio tal vocablo hacía referencia a una despedida con bendición, derivada de la mezcla entre "a" y "Dios". Es decir, "vaya con Dios". Otra bendición como en el caso de la palabra agur. Puede que la mas elegante forma de decirle al otro que una vez tomado el debido espacio, el destino del prójimo en poco y nada nos pertenece. La verdad, no se me ocurre forma más bonita de asumir que no somos omnipotentes. Que la vida de los otros no nos pertenece. Que no somos ni los salvadores de sus desgracias ni los culpables de sus errores.

Decir adiós es por tanto separarse. Tomar una sana y necesaria distancia del mundo que nos rodea. Poner un límite o frontera entre nosotros y los demás. Asumiendo así nuestra existencia. Existencia que solo es posible a través de la aceptación de la existencia del otro, de su vida, tiempos etc. Decir adiós nos conecta con lo más profundo de nuestra alma mientras genera en nosotros una actitud de desapego análoga a la lograda por un practicante zen.

Amar es decir adiós.
Apostar a la libertad del otro.
Todos los días.
Y quizá, quien sabe, reencontrarte.
No es fácil, eso ya lo sé. Y sin embargo resulta necesario. Solo así podemos seguir adelante, continuar. ¿Por qué uso adiós y no otra palabra? Por lo que se siente al decirla: un extraño escalofrío. Una vivencia de soledad. No sé. Pero algo en el cuerpo se estremece cuando se escucha. Demasiado fuerte como para pasar inadvertido.

Igual con esto no quiero decir que el origen de este fenómeno corporal se encuentre en la palabra en si, sino en que hemos depositado dicho temor en la citada expresión. Un temor a la separación, a la pérdida, negado y posteriormente proyectado sobre un conjunto de cinco letras.

Finalmente terminar diciendo que todos deberíamos decir adiós a diario. Darnos cuenta de que en esta puta vida estamos de prestado. Cerrar la mesa, retirar ganancias y marcharnos a casa sin saber si alguna vez volveremos a jugar. Solo así sabríamos exactamente lo que sentimos. Cuales son los nombres de las personas y lugares que realmente extrañaremos. A quien amamos. Y aquello que merece la pena. No, adiós no es una mala palabra, duele al principio pero te hace libre.

Adiós.

Escribiendo desde el sur del sur.

Unai Rivas Campo.

lunes, 5 de marzo de 2012

Ser libre.

O saltas o te arrojan.
Tu veràs.
Ser libre es elegir. Elegir es perder y perder duele. No hay otra. Te guste o no te guste es así. Lo demás son derechos, opciones. Claro que está muy bien tener derechos, no cabe duda, pero poco y nada tienen que ver estos con la auténtica libertad. Era Nietzsche el que decía que lo más interesante de la democracia radicaba en la posibilidad de poder luchar por ella. San Martín ya era libre en el mismo momento en el que decidió jugarse la vida en contra del imperio español. Ganara o perdiera. Eso daba igual. Así es que de eso se trata todo este asunto de la psicoterapia: de la conquista de la libertad. Una conquista que se logra por distintos caminos. Que carece de recetas, brújulas o "plan B". Y es que una vez jugada, la partida de la libertad no tiene retorno. ¿Merece la pena? Siempre. ¿Te puede ir mal? Peor. De hecho no niego que lo más seguro es sin duda quedarse. Sin embargo la recompensa merece la pena: pues el que elige existe. Y aquel que existe, vive.

Lo contrario es no jugar. Como aquel que se queda atorado en hechos pasados o futuros escapándole al presente. Evadiendo la responsabilidad de los actos propios. Ese es el pequeño infierno cotidiano de aquellos que en vez de elegir son elegidos. Que en vez de existir son existidos. Y que en vez de vivir son vividos.

Como dicen en el sur, es corta: "o juegas o estás jugado".

De modo que vivir es dar un salto al vacío. Un salto de Fe. A veces con miedo, a veces sin el. Siempre de manera comprometida con el camino escogido. Un camino de corazón que sin ser el mejor de los caminos, será el nuestro. Hacemos lo que podemos. Y a veces no podemos mucho, es verdad. Pero en nuestras manos está la decisión. Eso no se modifica. Porque hasta en los momentos de máxima desdicha podremos elegir, existir y ser libres.
Está en nosotros.


Escribiendo desde el sur del sur.

Lic Unai Rivas Campo.