lunes, 16 de julio de 2012

Por quien doblan las campanas.

El sufrimiento es parte de la vida.
Negarlo es desconectarnos de nosotros mismos.
Y claro, también de los demás.
-No quiero que me duela.

-La vida no es como quieres.

-No quiero escuchar eso.

-Lo vas a escuchar igual, ya te he dicho que las cosas no son como tu quieres. Y menos en este espacio.

-¿Pero entonces que hago? Tampoco puedo vivir eternamente con esta angustia.

-La angustia que sientes no es por el dolor, sino por los constantes esfuerzos que haces para negarlo.

-¡Igual me duele!

-Si, de hecho la angustia termina doliendo más incluso que aquello que originó el dolor. ¿Gracioso no?

-No.

-Se ve que no compartimos el mismo humor.

-Claramente no. Además, aún no me dijiste que hacer.

-¿Te crees que soy un libro de recetas? ¿Una máquina expendedora de salud mental o algo así?

-¿No sabes entonces que puedo hacer? ¿Para que carajo vengo acá?

-No tengo idea de los motivos que te traen a este lugar. Supongo que debes estar muy desesperado, aguantarme no es sencillo. Pero lo cierto es que sí sé, o al menos creo tener cierta idea, de lo que puedes tratar de hacer.

-¿Me lo podrías decir?

-Sí, podría.

-(silencio)

-Está claro que no compartimos el mismo humor... ¿Por qué no me contestas y ya está? ¿Es necesaria tanta vuelta?

-Si, es necesaria.

-¿Por qué?

-Porque justamente de eso se trata: de esperar. De dejar que las cosas pasen. O mejor dicho que te pasen. Siempre te estás peleando con tu sufrimiento. Como si la tristeza no tuviera el derecho de tocarte. Te olvidas además de que el que sufres eres tu. Que pelear es por tanto pelearte contigo mismo. No te das cuenta de que eso tiene consecuencias. Angustia, duele y hace sufrir.

-¿Será por eso que me peleo tanto con vos?

-Creo que ese es el motivo por el que nos peleamos todos en general.


Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

jueves, 28 de junio de 2012

Líneas de fuga.

Dejar atrás los barrotes de nuestro mundo
para volver a el como hombres y mujeres libres.
Gilles Deleuze fue el último filósofo. Desde su trágica muerte ningún pensador ha sido capaz de superar la brillantez de su pensamiento. Nadie tan sagaz como él para entender y adelantarse a los tiempos actuales. Recomiendo su lectura a cualquiera que este deseando comprender más sobre este mundo en el que vivimos. Sin embargo también es cierto que al principio no se le entiende una mierda. Te tienes que adaptar a un nuevo tipo de lenguaje. Raro. Muy francés. A palabras como "línea de fuga", "rizoma", "molar","cuerpo sin órganos" o "borde". Yo no estoy seguro de comprenderlas del todo. Tampoco creo que ni el mismísimo Deleuze supiera completamente de que se trataban. Y es que la mirada deleuziana es abierta e incapturable. Supongo que esa es justamente la clave de su pensamiento. La huida frente a la captura. El poder viajar de la política al cine, del cine al psicoanálisis, o del psicoanálisis a la macroeconomía. Eso buscan por tanto las famosas "líneas de fuga". Salirse del tablero. Ya sea este ideológico, filosófico o religioso. ¿Es entonces el modelo deleuziano un modelo nihilista o descomprometido? Como siempre sucede en Deleuze, la respuesta es si, y a la vez no. Es decir que su modelo resulta lo suficientemente abierto como para que cada uno establezca su personal compromiso con dichos conocimientos.

Romper con los límites impuestos por nuestras
convicciones no es sinónimo de abandonarlas.
Más bien todo lo contrario.
Pues la final somos nosotros los que elegimos que hacer con los mapas deleuzianos. Con esa epistemología revolucionaria que nos legó. Escapar, quedarse, o incluso escapar para volver. Queda en nosotros. Ninguna opción es considerada moralmente mala para el filósofo.

Aunque yo sin duda elijo la tercera.

Será porque fugarse de un contexto es fugarnos de nosotros mismos. Emprender una agónica huida hacia la trascendencia. A poder ver y vernos desde lugares distintos. A salirnos de nuestras más intimas creencias para posteriormente volver a ellas renovados. Libres. No ya como el antiguo esclavo que tras sus barrotes vivía capturado, sino como hombres o mujeres que soberanos eligen su destino. Que se juegan el ser en el devenir. Que deciden responsables que sentir o pensar. Quien sabe, quizá de eso se trate la vida. De un viaje de ida y vuelta a nuestros orígenes. De un eterno retorno anillado en una espiral dialéctica sin fin. Viviendo así una y otra vez la misma metáfora desde ángulos complementarios. Posiciones diferenciadas. Múltiples instrumentos para una misma canción.

Escribiendo desde el sur del sur.

martes, 12 de junio de 2012

Lo obvio.

Solo se percibe lo diferente.
Aquello que no rompe con los patrones
de lo esperado se torna invisible.
Decía R.D Laing que lo obvio era lo más difícil de ver. Argumentaba que cuando algo era dado por hecho simplemente dejaba de ser percibido. A su favor tenemos los argumentos de la psicología sistémica, que explican que solamente percibimos diferencias. Informaciones significativas por su carácter novedoso. De tal forma, podemos decir entonces que las llamadas estructuras inconscientes de personalidad son eso: aspectos obviados de la realidad que con el paso del tiempo se han tornado en invisibles.

¿Es entonces malo obviar? No, para nada. Además yo en eso del bien y el mal no me meto. Soy psicólogo, no sacerdote. Puedo hablar sobre salud y enfermedad. Y lo cierto es que hay aspectos de la realidad que deben ser ignorados. Es necesario. Hacerlo nos ayuda a seguir viviendo. Ya que si decimos que la conciencia es un corte, un sesgo de la realidad global, obviar o descartar resulta absolutamente necesario. No podríamos vivir si no dejáramos de lado centenares bits de información sobrantes o anecdóticos. De lo contrario viviríamos como el protagonista de la película "Rain man". Un joven que no descartaba nada. Absolutamente ajeno a su realidad pero con el don de contar cualquier cosa. Incluso el número de escarbadientes caídos de una caja rota en el suelo. Algunos psicólogos conocen a estas personas por Savants. Sujetos que pueden registrar hasta el mínimo detalle a su alrededor pero impotentes para las tareas más simples. Incapaces siquiera de atarse los zapatos, manejar un auto o sostener una conversación. Todas ellas cualidades de la conciencia. Del necesario corte del que nos valemos para funcionar en el mundo. De tal forma es que si no cortas, si no descartas, operar en la realidad resulta imposible.

El problema viene cuando se abusa. Cuando el exceso de conciencia, de corte, de razón; descarta más de lo humanamente saludable. Así es como la conciencia reprime. Reprime razonando o mejor dicho descartando en exceso. Una conciencia que al descartar lo que no debe ser descartado genera efectos adversos. Uno de ellos es claramente la angustia. Pues cuando lo descartado es la emoción, la angustia siempre aparece. No en vano se la conoce como el olor a basura de los sentimientos no reconocidos o estacados.

La conciencia necesita descartar para percibir.
El fondo se vuelve obvio.
Cuando las emociones pasan a ser fondo,
aparece la angustia.
La angustia surge de sentimientos obviados.
¿Será por eso que vivimos en tiempos de tanta ansiedad? ¿O de tanto síntoma derivado de ella? Es muy posible. De hecho esa es precisamente mi tesis: que el aumento de la influencia de la conciencia sobre lo no consciente resulta el principal factor responsable del aumento de los problemas psicológicos actuales. Nos encontramos así con que en nuestros días la palabra "obvio" se ha puesto de moda. Vocablo absurdo que jóvenes y no tan jóvenes repiten como un patético mantra. El burdo eslogan de una sociedad que baila enloquecida su agónica danza macabra. El bizarro salto a un oscuro vacío cualquiera. Da igual, no importa. Lo que sea con tal de que nada duela, de no sentir. Aunque el precio sea vivir enterrados en el angustiante ataúd de la represión. Condenados a la eterna horca del pensamiento.

¿Triste? Pues aún hay más. Porque lo verdaderamente terrible de este cambio de conciencia no son las consecuencias psicopatológicas del exceso de descarte. Al fin y al cabo los problemas derivados de la ansiedad/angustia son relativamente sencillos de tratar en un consultorio. Lo realmente complicado es su alcance. Y es que el sistema económico actual, o sea la gran patología que gobierna este planeta, conoce muy bien el poder que lo obvio tiene sobre nuestras conciencias. No en vano toda obviedad es un contexto. Las reglas de juego que deben de ser dadas por hechas para así poder jugar. De esta forma es que el sistema influye desde los medios de su propiedad para que demos por obvias cuestiones que no lo son. Como en el caso de los muchos ciudadanos españoles a los que les resulta obvio que la estatización de YPF por parte de la Argentina es una medida autoritaria, contraproducente y carente de razón. O los casos de los millones de habitantes de países occidentales que consideran que Irán o Venezuela son estados no democráticos.

Desde la más tierna infancia los medios de comunicación
nos manipulan para que demos por obvios algunos
aspectos de su realidad y así dejarnos ciegos
 frente al horror.
Cosas falsas ambas dos y que sin embargo muchos dan por sentadas. Temas obvios. Tanto que no necesitan ser pensados. En ese sentido es que encaja aquella anécdota de Alejandro Sanz. Esa en la que tras criticar duramente a Hugo Chavez, se le preguntó al cantante por qué no decía nada similar sobre el presidente Aznar en referencia al apoyo de este mandatario a los Estados Unidos en la guerra contra Irak. Su respuesta fue de una ignorancia casi épica: "no opino sobre presidentes elegidos democráticamente". Cuando le aclararon que Chavez había sido elegido varias veces en elecciones libres, la siguiente pregunta fue si había realizado sus críticas a Chavez sin conocer dicho dato. Cosa que exacerbó al andaluz, llevándolo a suspender abruptamente la conferencia de prensa. Parece que para este muchacho era obvio que Chavez era un dictador. Seguramente para muchos de vosotros también. Pero lo cierto es que, nos guste o no, eso no es así. Seréis muchos también los que deis por sentado que los medios de comunicación no mienten. O que si mienten, lo hacen por error y de manera casi anecdótica. Por desgracia la realidad es otra. Pues permanentemente damos por válidas, por obvias, cuestiones que no son solo falsas, sino que forman parte de un conglomerado de falsedades construidas a conciencia en fríos despachos. Lugares demenciales y enfermos dirigidos por siniestros personajes a los que nadie vota, conoce o elige.

El auténtico cambio necesita de la generación de
nuevas estabilidades. Reglas nuevas.
Donde lo obvio pase a ser lo significativo y viceversa.
Así es como nuestra consciencia es bombardeada de sobreestímulos por un sistema insano que se hace más poderoso agazapado bajo el silencioso manto de la obviedad. ¿Será por eso que los dibujos animados son cada vez más acelerados? Supongo que lo que más le conviene al sistema es cegarnos desde pequeños. Vendernos el actual modelo económico mundial como algo natural e inamovible. Hacer de la violencia un hecho cotidiano. O de la estafa un asunto de ciencia económica.

Ya se que todo esto no suena demasiado bien. Lo siento, es lo que hay. Vivimos en la era de la represión silenciosa. Donde el censor ha sido instalado en nuestra propia mente. Descartamos sin necesidad de que nos lo ordenen. Sin embargo quisiera aclarar que me siento esperanzado. Corren tiempos interesantes y estamos sentados sobre la historia. Los próximos años serán claves. Aún estamos a tiempo. Lo obvio ha entrado en crisis y cada vez son más los locos suspicaces que nada darán fácilmente por sentado. Que leen entre líneas o dudan a priori acerca de la veracidad de cualquier información. Esa que a diario nos inoculan a través de nuestro televisor. Parece incluso que en algunos estados del sur se está comenzando a dar la que podría ser la primera victoria en la legítima batalla por la información. Quien sabe. Quizá todo sea cuestión de resistir un poco más.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

sábado, 2 de junio de 2012

Los dioses tontos.

Los psicólogos nos la pasamos hablando del inconsciente. La mayor parte del tiempo al pedo. Y es que por mucho que aprendamos sobre él, su misterio siempre escapará a nuestra conciencia. Entonces, ¿Por qué no hablar primero sobre lo que entendemos por conciencia? Sobre tal asunto versa entonces este pequeño escrito.

Veamos, para la lógica sistémica, la conciencia es un corte. Un sesgo de una parte de la realidad. Que sirve para enfocar sobre aspectos específicos y así solucionar problemas específicos. Lejos de una mirada global. De esta forma, cuando somos conscientes limitamos nuestro campo perceptivo. Separamos blancos y negros, formas, situaciones, palabras, idiomas, etc. Siempre de manera específica porque la conciencia tiende a lo concreto. O mejor dicho a concretizar. Es práctica. Si te duele algo, lo solucionas. Punto, no hay más. Quizá sea ese el aspecto más débil del psicoanálisis clásico. Ese que buscaba traer material inconsciente al consciente como proceso necesario para la salud. Y es que en lo no consciente se pueden encontrar conflictos negados. Reprimidos dirían ellos. Pero también aspectos puros del inconsciente. Criaturas de los sueños que habitan desde tiempos ancestrales en el ecosistema onírico. Arquetipos, sistemas de ideas, fantasmas o restos de personas, queridas u odiadas, que en forma silenciosa continúan habitando nuestro mundo para bien, o para mal.

Mundos distintos con especies distintas.

La inteligencia no es sabia. 
Porque nadie en su sano juicio introduciría la especie de un ecosistema en otro. Sabemos que los resultados son devastadores. Los gatos traídos por los primeros colonos extinguieron cientos de especies en el desierto australiano. Las tortugas que fueron liberadas en los ríos franceses causaron un efecto similar. ¡Y que decir de las culturas! Sobre todo en los casos de epistemologías distintas, como en la conquista de los españoles sobre los pueblos originarios americanos. Incluso existe una teoría que explica la extinción de los dinosaurios a partir de la unificación de varios continentes que, al posibilitar la convivencia entre especies de saurios distintas, generó plagas y desequilibrios alimentarios que concluyeron en una extinción en masa. Así es que no. Algunos grupos organizados de ideas no pueden convivir con otros. No sin desaparecer empobreciendo la riqueza ecológica de la vida. Una vida que es sana en la diversidad, y que necesita de límites para subsistir. Cosa que nos lleva nuevamente al límite como la esencia misma de la existencia. A ese corte que Dios, el universo, o quien sea hace para diferenciar unas bellezas (es decir sistemas) de otras. Fronteras infinitas en su indefinición. Ya se que esto último puede no haberse entendido. Lo siento. Digamos que lo que quiero decir es que el universo también corta y sesga como nosotros. Pero de una manera sabia, estética, armónica y equilibrada. Mientras que nuestros cortes, los de la conciencia, son torpes, brutos. Carentes de sabiduría. Así, talamos árboles, destruimos culturas, arrasamos con toda la hermosura que nos rodea. Solucionando problemas menores para generar desastres mayores. Cultivamos monstruos que nos devoran.  Construyendo aires acondicionados que fomentan el calentamiento global. Meándonos alegres en lo sagrado. Destruyendo el mundo en cuotas.

Somos dioses, dioses con minúscula. Capaces de las más geniales proezas y sin embargo tan peligrosos como una manada de elefantes en una tienda de porcelana. Quien sabe, quizá seamos "dioses niños". Dioses inmaduros. Ángeles caídos. Criaturas celestiales expulsadas prematuramente del cielo. Abandonadas a su suerte e incapaces de aprender a caminar. No sé, antes pensaba que los humanos eramos el cáncer de la vida. Una enfermedad del sistema total al que pertenecemos. Hoy prefiero creer que somos dioses tontos. Criaturas de alas oscuras. Pájaros negros que no pierden la esperanza de aprender a volar.

Al fin y al cabo la esperanza es siempre una elección.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic Unai Rivas Campo.




martes, 29 de mayo de 2012

Sentir o pensar.

Encontrarse con el otro es perseverar en el camino del
encuentro con nosotros mismos.
Tenía 18 años. En aquel entonces era un joven inmaduro, más de lo normalmente esperable para esa edad. Un pendejo boludo como dicen en la Argentina. De aquella época no tengo nada interesante para contar. Apenas el recuerdo de su rostro cuando intenté besarla. De como ella se limitó a sonreír mientras me alejaba con ambas manos. La fotografía mental de su gesto prudente diciendo que no. Una elegancia sutil que sencillamente me enamoró. La verdad, confieso que lejos estuve de tomarlo a mal. ¡Qué más podía esperar! Haberlo intentado ya era todo un mérito para aquel muchacho. Ella era tan bonita... demasiado para lo que yo podía ofrecerle. O al menos eso era lo que decían todos. Igual no me importaba pues en aquel momento fui feliz. Incluso fantaseaba con la idea de que aquel "no" era alguna clase de "aún no". Cosas así. De esas que uno piensa cuando es joven. Cuando todavía no te has licenciado en la universidad de los palazos. En fin, es claro que no hubo ningún "aun no". Para nada. Porque ella no solo me pateó el culo, sino que armó todo un show alrededor de dicho instante. Con risas, comentarios, morbo y debates incluidos. Cuando me enteré no podía creerlo. Juro que sentí morir. La vergüenza me axfisiaba. Son esos instantes donde sientes que el mundo se te cae a pedazos. Sin duda aquella mañana algo se rompió para siempre en mí: yo. Una catástrofe. Mas sin embargo, siempre hay un día siguiente. Supongo que de eso se trata ser vasco. De levantarse tras la derrota. Una y otra vez. Todas las necesarias. En fin, el caso es que opté por dejar de hablarle. Como en esa canción de Ismael, decidí declararla muerta. De tal manera fue que transcurrieron los días. Al principio no se notó. Ella hacía su vida y yo sobrevivía con lo que quedaba de la mía. Sin embargo, poco a poco mi silencio fue tornándose dolorosamente incómodo. Parecía por sus ojos que había dejado de disfrutar la situación y eso se notaba. Dicen que la incomunicación es un arma mortal. Pronto trató de hablarme varias veces con, por supuesto, nulo éxito. Hasta que una tarde finalmente salió corriendo tras de mí. Ya en aquella época yo era un asco de ser humano. Un maldito estratega. Levaba días cultivando aquel momento. Sabía que llegaría. El anhelado turno de mi venganza. Donde le diría claramente que, para mí, estaba literalmente muerta. Fuera de mi vida para siempre. Es curioso que tras tantos años esa imagen suya persiguiéndome a los gritos aún no se me haya ido de la cabeza. Acercándose lentamente a mi trampa mortal. El final de un pequeño plan maestro en el que yo al fin la asesinaría con toda clase de frases crueles y despectivas. Sentenciándola a una culpa eterna por el imperdonable delito de no tenerme en cuenta. Ese era el plan, mi plan. Ojo por ojo, corazón por corazón. Lo que no sé es en que mierda de momento ella rompió a llorar y yo volví nuevamente a sentir morir. La siguiente imagen que viene a mi memoria es la de un joven torpe y tembloroso tratando de consolarla como buenamente podía. Por suerte no lloré y pude mantener cierta aura de dignidad. Cosa que por cierto me ayudó a poder volver a conversar con ella. No sé, fueron horas pero parecieron semanas. Quizá incluso años. Como sea el tiempo se detuvo. Llegue incluso a confesar cierta alegría por su rechazo. Pues gracias a el había podido conocerla de una manera única, diferente, realmente especial. ¡Por Dios cómo reímos! Y lloramos, y nos abrazamos. Juntos. ¡Qué noche! Tanto que terminamos queriéndonos un poco. Hasta que llegó el momento de separarnos. Os aseguro que no esperaba aquel beso suyo en el andén. Me tomó tan de sorpresa como un avión estrellándose contra un viejo rascacielos. "Te amo" me dijo. Yo, no supe que contestar. 
Hay despedidas que marcan una vida.

Quise haber dicho cosas como "yo también", "siempre lo haré" y frases por el estilo. De esas que se suelen decir en las buenas películas. Por desgracia lo único que salió de mi boca fue un patético silencio. Nada, solo lágrimas al ver su tren marchar camino a perderse bajo un oscuro océano infinito. Lágrimas que por cierto nunca le mostré. Y es que ni bien me besó mi cabeza se puso a pensar. El campamento terminaba y ella se iría muy lejos, demasiado. Amarla carecía de lógica. Lo peor es que mi mente tenía razón. Jamás la volví a ver. Hoy daría la vida por viajar atrás en e tiempo. Cagar a patadas a ese chico. Romper todos sus huesos y obligarlo a decir "te amo, nunca te olvidaré, lo juro". Por desgracia eso no es posible. El chico ya no está, solo quedo yo. Viejo y pensativo. Condenado a pensar, y a pensar, y a odiarme a mi mismo por haber pensado tanto. Buscando una redención que quizás nunca llegue. Una derrota para una mente que anhela morir en cada golpe que recibe. Que busca perder, diluirse, ser libre. Que aún en la melancolía no pierde la esperanza. La esperanza de volver a sentir, De encontrarme, ser rescatado y salvado de mi mismo. No me rindo, no me canso, no me olvido


Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

jueves, 17 de mayo de 2012

Bambi, el tiempo, y el pacman de la esclavitud.



Este artículo es una continuación del anterior trabajo acerca del aburrimiento. Puede ser leído de manera independiente al anterior, pero suma. Quizás así, con dos ejemplos distintos, pueda comenzar a mostrar que tras estos posteos existe un intento de coherencia, de mirada holística sobre la realidad. No obstante, antes de leer el siguiente texto os pido que visualicéis el vídeo que incluyo más arriba. 

Consumimos para huir de nuestros fantasmas.
Ya sé, es lento, muy lento. Muchos de vosotros seguramente os habréis sentido extrañamente inquietos al verlo. No por lo sórdido, aquí Bambi todavía tiene madre, sino por lo aburrido/angustiante. Y es que las cosas han cambiado mucho. Hace apenas algunas décadas niños y adultos se divertían con esta misma escena. Disfrutando sorprendidos cada fotograma. Hoy sin embargo nos dan ganas de cagar a palos a ese ciervo de mierda, hacer un guiso con los conejitos para posteriormente cambiar de canal. Un horror. De una dilación de sucesos  insoportable para la mayoría. Pero lo peor viene después. Cuando nos damos cuenta de que lo que no soportamos no es al ciervo, ni a los alegres conejitos, ni a la parsimonia. No. No se trata de eso. Lo que no toleramos se encuentra en lo más profundo de nosotros mismos. Porque esperar no es cualquier cosa. Somos incapaces de hacerlo. De conectarnos con nuestro mundo interno. Y eso duele. Si, duele esperar. Y claro, anestesiamos dicho dolor con objetos, consumo, entretenimiento etc. Las drogas legales del capitalismo me gusta llamarlas. Sustancias que nos anestesian y que sin embargo nunca resultan del todo suficientes. Cada vez necesitamos más. Más, más y más. Habéis notado cómo, a pesar de los progresivos avances tecnológicos, siempre sentimos que internet anda lento? ¿O el famoso Windows? Nunca serán lo suficientemente rápidos, jamás. Pues justamente de eso se trata: de tenernos eternamente corriendo. Como un pacman insaciable que cobarde huye de sus fantasmas. Escapando de si mismo. Ignorando su verdadera condición de esclavo. Y que preso del sistema corre como como un hamster en la rueda de su jaula. Moviéndose constantemente para no llegar nunca a ningún lugar. Solo y hueco.

Así es que esto no trata sobre la angustia. El aburrimiento es la punta del iceberg de un tema mucho más serio. De vida o muerte. Donde lo que nos jugamos es el tiempo, nuestro tiempo en este mundo. Desde el día en que nacemos hasta el momento de nuestra muerte. Una vida de la que el sistema llamado libre mercado se alimenta al igual que lo hace un granjero con su sumiso ganado.  

La pregunta es, ¿Es ser obejas nuestro destino?

Yo creo que no, todavía podemos ganar; trascender. 

Hay esperanza.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic Unai Rivas Campo.

jueves, 10 de mayo de 2012

El aburrimiento.

El dolor negado genera angustia.
La angustia es negada resignificándola como aburrimiento.
El aburrimiento se anestesia con entretenimiento.
Trabajo en un colegio y sin embargo no enseño nada. Soy psicólogo. Me dedico entonces a otras cosas. Entre ellas a construir humanidad. Tratamos de darles a los chicos la oportunidad de que sean personas. Seres libres. Capaces de elegir, de jugarse. De pensar sin ser pensados. Eso duele claro está. Pero ya se sabe: lo que no duele angustia. Una angustia entendida como el residuo de un dolor negado. El extraño mal sabor de boca provocado por la anestesia del sentir. Sí, sentir duele; pero a la larga te humaniza y libera. No hacerlo además de angustiarte te esclaviza. De una manera tan sutil como efectiva. Pues el esclavo actual es existido a través de una falsa ilusión de existencia. Vamos, una cagada. Porque en esta cárcel sin barrotes nada puede ser reconocido. Ni el dolor, ni la esclavitud y ni mucho menos la angustia. Su presencia sería en si misma una inquietud. La alarma de que algo huele a podrido en Dinamarca.

¿Pero es posible negar la angustia? ¿Hacerla invisible?

El capitalismo ha encontrado la forma, siempre lo hace. No en vano es un sistema patológico dotado de características mentales. Es decir que, a su manera, piensa. Así es que le ha encontrado la vuelta al problema de la angustia con toda una serie de estrategias. Desde las más burdas como la sobremedicación psiquiátrica, hasta las más rebuscadas y complejas. Ese es justamente el caso del aburrimiento. Porque el aburrimeinto es angustia. Una forma camuflada de angustia. El eufemismo barato que oculta nuestro infierno cotidiano. La incapacidad de estar solos. Un perfume chillón con el que tratamos de ocultar ese extraño olor a muerte. La asfixia de no estar vivos. La nada. 

El entretenimiento anestesia el dolor de la angustia.
Y eso a la larga angustia más.
Se que es difícil. Al fin y al cabo el aburrimiento tiene sus ventajas. Estar angustiado es para muchos sinónimo de debilidad, casi de locura. Cosa no bien vista en estos tiempos, ya se sabe. El que se declara aburrido tiene en cambio esa actitud de superioridad. De desprecio hacia el mundo. Un mundo culpable de su estado. Aburrido e incapaz de entretenerlo. Y ahí es donde damos con la otra clave de este fenómeno: el entretenimiento. 

Como ya dije anteriormente trabajo en un colegio. El contacto con los chicos es permanente y siempre me sorprende como la angustia se va acumulando sobre ellos a través de los años. Restos de separaciones mal llevadas, mentiras, maltratos o destratos. Lo que sea, hay de todo. Lo triste es ver como la negación va haciendo mella en ellos. Como la angustia pasa de angustia a aburrimiento, y de aburrimiento a entretenimiento. Dejando de lado la diversión. Que suena parecida pero está lejos de ser igual. Pues así como la diversión no entretiene, el entretenimiento jamás divierte. Al contrario, el entretenimiento cosifica, anestesia, angustia... o aburre, que es lo mismo.

Si estás vivo, no te aburres.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.