Solo se percibe lo diferente.
Aquello que no rompe con los patrones
de lo esperado se torna invisible.
Decía R.D Laing que lo obvio era lo más difícil de ver. Argumentaba que cuando algo era dado por hecho simplemente dejaba de ser percibido. A su favor tenemos los argumentos de la psicología sistémica, que explican que solamente percibimos diferencias. Informaciones significativas por su carácter novedoso. De tal forma, podemos decir entonces que las llamadas estructuras inconscientes de personalidad son eso: aspectos obviados de la realidad que con el paso del tiempo se han tornado en invisibles.
¿Es entonces malo obviar? No, para nada. Además yo en eso del bien y el mal no me meto. Soy psicólogo, no sacerdote. Puedo hablar sobre salud y enfermedad. Y lo cierto es que hay aspectos de la realidad que deben ser ignorados. Es necesario. Hacerlo nos ayuda a seguir viviendo. Ya que si decimos que la conciencia es un corte, un sesgo de la realidad global, obviar o descartar resulta absolutamente necesario. No podríamos vivir si no dejáramos de lado centenares bits de información sobrantes o anecdóticos. De lo contrario viviríamos como el protagonista de la película "Rain man". Un joven que no descartaba nada. Absolutamente ajeno a su realidad pero con el don de contar cualquier cosa. Incluso el número de escarbadientes caídos de una caja rota en el suelo. Algunos psicólogos conocen a estas personas por Savants. Sujetos que pueden registrar hasta el mínimo detalle a su alrededor pero impotentes para las tareas más simples. Incapaces siquiera de atarse los zapatos, manejar un auto o sostener una conversación. Todas ellas cualidades de la conciencia. Del necesario corte del que nos valemos para funcionar en el mundo. De tal forma es que si no cortas, si no descartas, operar en la realidad resulta imposible.
El problema viene cuando se abusa. Cuando el exceso de conciencia, de corte, de razón; descarta más de lo humanamente saludable. Así es como la conciencia reprime. Reprime razonando o mejor dicho descartando en exceso. Una conciencia que al descartar lo que no debe ser descartado genera efectos adversos. Uno de ellos es claramente la angustia. Pues cuando lo descartado es la emoción, la angustia siempre aparece. No en vano se la conoce como el olor a basura de los sentimientos no reconocidos o estacados.
La conciencia necesita descartar para percibir.
El fondo se vuelve obvio.
Cuando las emociones pasan a ser fondo,
aparece la angustia.
La angustia surge de sentimientos obviados.
¿Será por eso que vivimos en tiempos de tanta ansiedad? ¿O de tanto síntoma derivado de ella? Es muy posible. De hecho esa es precisamente mi tesis: que el aumento de la influencia de la conciencia sobre lo no consciente resulta el principal factor responsable del aumento de los problemas psicológicos actuales. Nos encontramos así con que en nuestros días la palabra "obvio" se ha puesto de moda. Vocablo absurdo que jóvenes y no tan jóvenes repiten como un patético mantra. El burdo eslogan de una sociedad que baila enloquecida su agónica danza macabra. El bizarro salto a un oscuro vacío cualquiera. Da igual, no importa. Lo que sea con tal de que nada duela, de no sentir. Aunque el precio sea vivir enterrados en el angustiante ataúd de la represión. Condenados a la eterna horca del pensamiento.
¿Triste? Pues aún hay más. Porque lo verdaderamente terrible de este cambio de conciencia no son las consecuencias psicopatológicas del exceso de descarte. Al fin y al cabo los problemas derivados de la ansiedad/angustia son relativamente sencillos de tratar en un consultorio. Lo realmente complicado es su alcance. Y es que el sistema económico actual, o sea la gran patología que gobierna este planeta, conoce muy bien el poder que lo obvio tiene sobre nuestras conciencias. No en vano toda obviedad es un contexto. Las reglas de juego que deben de ser dadas por hechas para así poder jugar. De esta forma es que el sistema influye desde los medios de su propiedad para que demos por obvias cuestiones que no lo son. Como en el caso de los muchos ciudadanos españoles a los que les resulta obvio que la estatización de YPF por parte de la Argentina es una medida autoritaria, contraproducente y carente de razón. O los casos de los millones de habitantes de países occidentales que consideran que Irán o Venezuela son estados no democráticos.
Desde la más tierna infancia los medios de comunicación
nos manipulan para que demos por obvios algunos
aspectos de su realidad y así dejarnos ciegos
frente al horror.
Cosas falsas ambas dos y que sin embargo muchos dan por sentadas. Temas obvios. Tanto que no necesitan ser pensados. En ese sentido es que encaja aquella anécdota de Alejandro Sanz. Esa en la que tras criticar duramente a Hugo Chavez, se le preguntó al cantante por qué no decía nada similar sobre el presidente Aznar en referencia al apoyo de este mandatario a los Estados Unidos en la guerra contra Irak. Su respuesta fue de una ignorancia casi épica: "no opino sobre presidentes elegidos democráticamente". Cuando le aclararon que Chavez había sido elegido varias veces en elecciones libres, la siguiente pregunta fue si había realizado sus críticas a Chavez sin conocer dicho dato. Cosa que exacerbó al andaluz, llevándolo a suspender abruptamente la conferencia de prensa. Parece que para este muchacho era obvio que Chavez era un dictador. Seguramente para muchos de vosotros también. Pero lo cierto es que, nos guste o no, eso no es así. Seréis muchos también los que deis por sentado que los medios de comunicación no mienten. O que si mienten, lo hacen por error y de manera casi anecdótica. Por desgracia la realidad es otra. Pues permanentemente damos por válidas, por obvias, cuestiones que no son solo falsas, sino que forman parte de un conglomerado de falsedades construidas a conciencia en fríos despachos. Lugares demenciales y enfermos dirigidos por siniestros personajes a los que nadie vota, conoce o elige.
El auténtico cambio necesita de la generación de
nuevas estabilidades. Reglas nuevas.
Donde lo obvio pase a ser lo significativo y viceversa.
Así es como nuestra consciencia es bombardeada de sobreestímulos por un sistema insano que se hace más poderoso agazapado bajo el silencioso manto de la obviedad. ¿Será por eso que los dibujos animados son cada vez más acelerados? Supongo que lo que más le conviene al sistema es cegarnos desde pequeños. Vendernos el actual modelo económico mundial como algo natural e inamovible. Hacer de la violencia un hecho cotidiano. O de la estafa un asunto de ciencia económica.
Ya se que todo esto no suena demasiado bien. Lo siento, es lo que hay. Vivimos en la era de la represión silenciosa. Donde el censor ha sido instalado en nuestra propia mente. Descartamos sin necesidad de que nos lo ordenen. Sin embargo quisiera aclarar que me siento esperanzado. Corren tiempos interesantes y estamos sentados sobre la historia. Los próximos años serán claves. Aún estamos a tiempo. Lo obvio ha entrado en crisis y cada vez son más los locos suspicaces que nada darán fácilmente por sentado. Que leen entre líneas o dudan a priori acerca de la veracidad de cualquier información. Esa que a diario nos inoculan a través de nuestro televisor. Parece incluso que en algunos estados del sur se está comenzando a dar la que podría ser la primera victoria en la legítima batalla por la información. Quien sabe. Quizá todo sea cuestión de resistir un poco más.
Los psicólogos nos la pasamos hablando del inconsciente. La mayor parte del tiempo al pedo. Y es que por mucho que aprendamos sobre él, su misterio siempre escapará a nuestra conciencia. Entonces, ¿Por qué no hablar primero sobre lo que entendemos por conciencia? Sobre tal asunto versa entonces este pequeño escrito.
Veamos, para la lógica sistémica, la conciencia es un corte. Un sesgo de una parte de la realidad. Que sirve para enfocar sobre aspectos específicos y así solucionar problemas específicos. Lejos de una mirada global. De esta forma, cuando somos conscientes limitamos nuestro campo perceptivo. Separamos blancos y negros, formas, situaciones, palabras, idiomas, etc. Siempre de manera específica porque la conciencia tiende a lo concreto. O mejor dicho a concretizar. Es práctica. Si te duele algo, lo solucionas. Punto, no hay más. Quizá sea ese el aspecto más débil del psicoanálisis clásico. Ese que buscaba traer material inconsciente al consciente como proceso necesario para la salud. Y es que en lo no consciente se pueden encontrar conflictos negados. Reprimidos dirían ellos. Pero también aspectos puros del inconsciente. Criaturas de los sueños que habitan desde tiempos ancestrales en el ecosistema onírico. Arquetipos, sistemas de ideas, fantasmas o restos de personas, queridas u odiadas, que en forma silenciosa continúan habitando nuestro mundo para bien, o para mal.
Mundos distintos con especies distintas.
La inteligencia no es sabia.
Porque nadie en su sano juicio introduciría la especie de un ecosistema en otro. Sabemos que los resultados son devastadores. Los gatos traídos por los primeros colonos extinguieron cientos de especies en el desierto australiano. Las tortugas que fueron liberadas en los ríos franceses causaron un efecto similar. ¡Y que decir de las culturas! Sobre todo en los casos de epistemologías distintas, como en la conquista de los españoles sobre los pueblos originarios americanos. Incluso existe una teoría que explica la extinción de los dinosaurios a partir de la unificación de varios continentes que, al posibilitar la convivencia entre especies de saurios distintas, generó plagas y desequilibrios alimentarios que concluyeron en una extinción en masa. Así es que no. Algunos grupos organizados de ideas no pueden convivir con otros. No sin desaparecer empobreciendo la riqueza ecológica de la vida. Una vida que es sana en la diversidad, y que necesita de límites para subsistir. Cosa que nos lleva nuevamente al límite como la esencia misma de la existencia. A ese corte que Dios, el universo, o quien sea hace para diferenciar unas bellezas (es decir sistemas) de otras. Fronteras infinitas en su indefinición. Ya se que esto último puede no haberse entendido. Lo siento. Digamos que lo que quiero decir es que el universo también corta y sesga como nosotros. Pero de una manera sabia, estética, armónica y equilibrada. Mientras que nuestros cortes, los de la conciencia, son torpes, brutos. Carentes de sabiduría. Así, talamos árboles, destruimos culturas, arrasamos con toda la hermosura que nos rodea. Solucionando problemas menores para generar desastres mayores. Cultivamos monstruos que nos devoran. Construyendo aires acondicionados que fomentan el calentamiento global. Meándonos alegres en lo sagrado. Destruyendo el mundo en cuotas.
Somos dioses, dioses con minúscula. Capaces de las más geniales proezas y sin embargo tan peligrosos como una manada de elefantes en una tienda de porcelana. Quien sabe, quizá seamos "dioses niños". Dioses inmaduros. Ángeles caídos. Criaturas celestiales expulsadas prematuramente del cielo. Abandonadas a su suerte e incapaces de aprender a caminar. No sé, antes pensaba que los humanos eramos el cáncer de la vida. Una enfermedad del sistema total al que pertenecemos. Hoy prefiero creer que somos dioses tontos. Criaturas de alas oscuras. Pájaros negros que no pierden la esperanza de aprender a volar.
Al fin y al cabo la esperanza es siempre una elección.
Encontrarse con el otro es perseverar en el camino del
encuentro con nosotros mismos.
Tenía 18 años. En aquel entonces era un joven inmaduro, más de lo normalmente esperable para esa edad. Un pendejo boludo como dicen en la Argentina. De aquella época no tengo nada interesante para contar. Apenas el recuerdo de su rostro cuando intenté besarla. De como ella se limitó a sonreír mientras me alejaba con ambas manos. La fotografía mental de su gesto prudente diciendo que no. Una elegancia sutil que sencillamente me enamoró. La verdad, confieso que lejos estuve de tomarlo a mal. ¡Qué más podía esperar! Haberlo intentado ya era todo un mérito para aquel muchacho. Ella era tan bonita... demasiado para lo que yo podía ofrecerle. O al menos eso era lo que decían todos. Igual no me importaba pues en aquel momento fui feliz. Incluso fantaseaba con la idea de que aquel "no" era alguna clase de "aún no". Cosas así. De esas que uno piensa cuando es joven. Cuando todavía no te has licenciado en la universidad de los palazos. En fin, es claro que no hubo ningún "aun no". Para nada. Porque ella no solo me pateó el culo, sino que armó todo un show alrededor de dicho instante. Con risas, comentarios, morbo y debates incluidos. Cuando me enteré no podía creerlo. Juro que sentí morir. La vergüenza me axfisiaba. Son esos instantes donde sientes que el mundo se te cae a pedazos. Sin duda aquella mañana algo se rompió para siempre en mí: yo. Una catástrofe. Mas sin embargo, siempre hay un día siguiente. Supongo que de eso se trata ser vasco. De levantarse tras la derrota. Una y otra vez. Todas las necesarias. En fin, el caso es que opté por dejar de hablarle. Como en esa canción de Ismael, decidí declararla muerta. De tal manera fue que transcurrieron los días. Al principio no se notó. Ella hacía su vida y yo sobrevivía con lo que quedaba de la mía. Sin embargo, poco a poco mi silencio fue tornándose dolorosamente incómodo. Parecía por sus ojos que había dejado de disfrutar la situación y eso se notaba. Dicen que la incomunicación es un arma mortal. Pronto trató de hablarme varias veces con, por supuesto, nulo éxito. Hasta que una tarde finalmente salió corriendo tras de mí. Ya en aquella época yo era un asco de ser humano. Un maldito estratega. Levaba días cultivando aquel momento. Sabía que llegaría. El anhelado turno de mi venganza. Donde le diría claramente que, para mí, estaba literalmente muerta. Fuera de mi vida para siempre. Es curioso que tras tantos años esa imagen suya persiguiéndome a los gritos aún no se me haya ido de la cabeza. Acercándose lentamente a mi trampa mortal. El final de un pequeño plan maestro en el que yo al fin la asesinaría con toda clase de frases crueles y despectivas. Sentenciándola a una culpa eterna por el imperdonable delito de no tenerme en cuenta. Ese era el plan, mi plan. Ojo por ojo, corazón por corazón. Lo que no sé es en que mierda de momento ella rompió a llorar y yo volví nuevamente a sentir morir. La siguiente imagen que viene a mi memoria es la de un joven torpe y tembloroso tratando de consolarla como buenamente podía. Por suerte no lloré y pude mantener cierta aura de dignidad. Cosa que por cierto me ayudó a poder volver a conversar con ella. No sé, fueron horas pero parecieron semanas. Quizá incluso años. Como sea el tiempo se detuvo. Llegue incluso a confesar cierta alegría por su rechazo. Pues gracias a el había podido conocerla de una manera única, diferente, realmente especial. ¡Por Dios cómo reímos! Y lloramos, y nos abrazamos. Juntos. ¡Qué noche! Tanto que terminamos queriéndonos un poco. Hasta que llegó el momento de separarnos. Os aseguro que no esperaba aquel beso suyo en el andén. Me tomó tan de sorpresa como un avión estrellándose contra un viejo rascacielos. "Te amo" me dijo. Yo, no supe que contestar.
Hay despedidas que marcan una vida.
Quise haber dicho cosas como "yo también", "siempre lo haré" y frases por el estilo. De esas que se suelen decir en las buenas películas. Por desgracia lo único que salió de mi boca fue un patético silencio. Nada, solo lágrimas al ver su tren marchar camino a perderse bajo un oscuro océano infinito. Lágrimas que por cierto nunca le mostré. Y es que ni bien me besó mi cabeza se puso a pensar. El campamento terminaba y ella se iría muy lejos, demasiado. Amarla carecía de lógica. Lo peor es que mi mente tenía razón. Jamás la volví a ver. Hoy daría la vida por viajar atrás en e tiempo. Cagar a patadas a ese chico. Romper todos sus huesos y obligarlo a decir "te amo, nunca te olvidaré, lo juro". Por desgracia eso no es posible. El chico ya no está, solo quedo yo. Viejo y pensativo. Condenado a pensar, y a pensar, y a odiarme a mi mismo por haber pensado tanto. Buscando una redención que quizás nunca llegue. Una derrota para una mente que anhela morir en cada golpe que recibe. Que busca perder, diluirse, ser libre. Que aún en la melancolía no pierde la esperanza. La esperanza de volver a sentir, De encontrarme, ser rescatado y salvado de mi mismo. No me rindo, no me canso, no me olvido
Este artículo es una continuación del anterior trabajo acerca del aburrimiento. Puede ser leído de manera independiente al anterior, pero suma. Quizás así, con dos ejemplos distintos, pueda comenzar a mostrar que tras estos posteos existe un intento de coherencia, de mirada holística sobre la realidad. No obstante, antes de leer el siguiente texto os pido que visualicéis el vídeo que incluyo más arriba.
Consumimos para huir de nuestros fantasmas.
Ya sé, es lento, muy lento. Muchos de vosotros seguramente os habréis sentido extrañamente inquietos al verlo. No por lo sórdido, aquí Bambi todavía tiene madre, sino por lo aburrido/angustiante. Y es que las cosas han cambiado mucho. Hace apenas algunas décadas niños y adultos se divertían con esta misma escena. Disfrutando sorprendidos cada fotograma. Hoy sin embargo nos dan ganas de cagar a palos a ese ciervo de mierda, hacer un guiso con los conejitos para posteriormente cambiar de canal. Un horror. De una dilación de sucesos insoportable para la mayoría. Pero lo peor viene después. Cuando nos damos cuenta de que lo que no soportamos no es al ciervo, ni a los alegres conejitos, ni a la parsimonia. No. No se trata de eso. Lo que no toleramos se encuentra en lo más profundo de nosotros mismos. Porque esperar no es cualquier cosa. Somos incapaces de hacerlo. De conectarnos con nuestro mundo interno. Y eso duele. Si, duele esperar. Y claro, anestesiamos dicho dolor con objetos, consumo, entretenimiento etc. Las drogas legales del capitalismo me gusta llamarlas. Sustancias que nos anestesian y que sin embargo nunca resultan del todo suficientes. Cada vez necesitamos más. Más, más y más. Habéis notado cómo, a pesar de los progresivos avances tecnológicos, siempre sentimos que internet anda lento? ¿O el famoso Windows? Nunca serán lo suficientemente rápidos, jamás. Pues justamente de eso se trata: de tenernos eternamente corriendo. Como un pacman insaciable que cobarde huye de sus fantasmas. Escapando de si mismo. Ignorando su verdadera condición de esclavo. Y que preso del sistema corre como como un hamster en la rueda de su jaula. Moviéndose constantemente para no llegar nunca a ningún lugar. Solo y hueco.
Así es que esto no trata sobre la angustia. El aburrimiento es la punta del iceberg de un tema mucho más serio. De vida o muerte. Donde lo que nos jugamos es el tiempo, nuestro tiempo en este mundo. Desde el día en que nacemos hasta el momento de nuestra muerte. Una vida de la que el sistema llamado libre mercado se alimenta al igual que lo hace un granjero con su sumiso ganado.
La pregunta es, ¿Es ser obejas nuestro destino?
Yo creo que no, todavía podemos ganar; trascender.
El dolor negado genera angustia.
La angustia es negada resignificándola como aburrimiento.
El aburrimiento se anestesia con entretenimiento.
Trabajo en un colegio y sin embargo no enseño nada. Soy psicólogo. Me dedico entonces a otras cosas. Entre ellas a construir humanidad. Tratamos de darles a los chicos la oportunidad de que sean personas. Seres libres. Capaces de elegir, de jugarse. De pensar sin ser pensados. Eso duele claro está. Pero ya se sabe: lo que no duele angustia. Una angustia entendida como el residuo de un dolor negado. El extraño mal sabor de boca provocado por la anestesia del sentir. Sí, sentir duele; pero a la larga te humaniza y libera. No hacerlo además de angustiarte te esclaviza. De una manera tan sutil como efectiva. Pues el esclavo actual es existido a través de una falsa ilusión de existencia. Vamos, una cagada. Porque en esta cárcel sin barrotes nada puede ser reconocido. Ni el dolor, ni la esclavitud y ni mucho menos la angustia. Su presencia sería en si misma una inquietud. La alarma de que algo huele a podrido en Dinamarca.
¿Pero es posible negar la angustia? ¿Hacerla invisible?
El capitalismo ha encontrado la forma, siempre lo hace. No en vano es un sistema patológico dotado de características mentales. Es decir que, a su manera, piensa. Así es que le ha encontrado la vuelta al problema de la angustia con toda una serie de estrategias. Desde las más burdas como la sobremedicación psiquiátrica, hasta las más rebuscadas y complejas. Ese es justamente el caso del aburrimiento. Porque el aburrimeinto es angustia. Una forma camuflada de angustia. El eufemismo barato que oculta nuestro infierno cotidiano. La incapacidad de estar solos. Un perfume chillón con el que tratamos de ocultar ese extraño olor a muerte. La asfixia de no estar vivos. La nada.
El entretenimiento anestesia el dolor de la angustia.
Y eso a la larga angustia más.
Se que es difícil. Al fin y al cabo el aburrimiento tiene sus ventajas. Estar angustiado es para muchos sinónimo de debilidad, casi de locura. Cosa no bien vista en estos tiempos, ya se sabe. El que se declara aburrido tiene en cambio esa actitud de superioridad. De desprecio hacia el mundo. Un mundo culpable de su estado. Aburrido e incapaz de entretenerlo. Y ahí es donde damos con la otra clave de este fenómeno: el entretenimiento.
Como ya dije anteriormente trabajo en un colegio. El contacto con los chicos es permanente y siempre me sorprende como la angustia se va acumulando sobre ellos a través de los años. Restos de separaciones mal llevadas, mentiras, maltratos o destratos. Lo que sea, hay de todo. Lo triste es ver como la negación va haciendo mella en ellos. Como la angustia pasa de angustia a aburrimiento, y de aburrimiento a entretenimiento. Dejando de lado la diversión. Que suena parecida pero está lejos de ser igual. Pues así como la diversión no entretiene, el entretenimiento jamás divierte. Al contrario, el entretenimiento cosifica, anestesia, angustia... o aburre, que es lo mismo.
La realidad es un sistema.
Todo sistema se autorregula.
Piensa.
La realidad es un sistema. Todo lo que nos rodea está sujeto a las leyes sistemicas y cibernéticas. Seguramente la mitad de los que están leyendo esto se hayan perdido ya. Lo siento mucho. Juro que no es mi intención parecer un estúpido pedante. Mas bien es algo que me sale en forma natural. Trataré por tanto de ser más claro. Lo real se autorregula. Tiene como todo sistema mente propia. ¿Mente? Sí. Y es que como bien decía Bateson lo mental es inmanente a cualquier sistema. ¿Quiero decir con esto que la realidad piensa? Exacto. Sin embargo desconozco hasta que punto. Dice la teoría general de sistemas que un componente de un sistema jamás podrá conocer la totalidad del sistema al cual pertenece. Al fin y al cabo una célula humana no es consciente de que se encuentra dentro de un cuerpo. Nosotros los humanos podemos rescatar sesgos o cortes de algunos aspectos de nuestro entorno circundante. No en vano la conciencia, esa que nos divide del resto de los mamìferos, ha inventado el método científico como herramienta para potenciar su capacidad y así conocer más acerca de su entorno. Sin embargo la conciencia, y ahí vuelvo a citar a Bateson, es un corte. A más conscientes somos más seccionamos aquello que miramos. Es decir, menos sabemos sobre lo que queda afuera de dichos cortes. Lo contrario a esto es la sabiduría. Que no es otra cosa que una mirada holística del mundo. Sin cortes. En fin, de eso se trata este artículo: de formular los primeros pasos hacia una teoría acerca de la sabiduría de la realidad.
Y para ello necesitamos hablar sobre los sueños.
Comencemos entonces por los sueños. El que mejor ha trabajado sobre esto sin duda ha sido Freud. Él como nadie formuló toda una serie de características sobre los distintos procesos reguladores del funcionamiento del mundo onírico. Jung, Campbell o Eliade fueron los que más pudieron aportar y profundizar acerca de a su grandioso trabajo, que por cierto, aún no ha sido superado. No soy un experto en estos temas, sin embargo de lo que pude leer rescato como la realidad onírica funciona de manera distinta a la realidad objetiva. El tiempo, el espacio o la gravedad se suavizan o incluso directamente desaparecen para pasar al servicio del auténtico principio rector de los sueños: la metáfora. Porque en el mundo de los sueños todo es comunicado en forma metafórica. Mediante un infinito número de analogías estéticas que nos hablan en silencio. Transitamos por tanto un universo puramente simbólico, curvo, poético. Sagrado.
Si te atreves a ver la vida como metáfora,
el mundo deja de ser el mismo.
Ahora bien, este fenómeno no se da solamente en los sueños. Predomina en los sueños, es verdad, pero sucede también en la llamada realidad objetiva. O mejor dicho, se da entre los distintos sucesos objetivos con los que nos encontramos. Como en la música, donde las relaciones entre notas y no las notas componen melodías. Jung llamaba a estos fenómenos de sueño diurno sincronía. Se refería a aquellas extrañas casualidades paralelas a algunos hechos. Como por ejemplo al hombre al que el día de su muerte la tintorería le envió un albornoz negro por error. Pequeñas cosas. Detalles que la mayoría de las veces suelen pasar inadvertidos y carentes de importancia. Y que sin embargo son proveedores de valiosa información cuando son analizados con las reglas con las que interpretamos los sueños. Una persona que siempre tuvo miedo a ser robada relata en una sesión haber sufrido un intento de asalto mientras cruzaba un puente. Sorprendida de haberse sentido más fuerte de lo que ella jamás hubiera imaginado que se sentiría. Un cambio. Un movimiento psíquico que marcó en su vida un antes y un después. Transitando un puente. Esto claro está no podrá ser jamás medido por el método científico pues hablamos de experiencias fuera de laboratorio e inverificables. Algo que no significa nada. Y es que el hecho de que el método científico sea limitado para medir algunos aspectos de la experiencia humana no saca a esos aspectos rengo de verdad.
Lo verdadero no puede caer en manos de la dictadura de la objetividad.
Mi maestro decía que Dios, si es que existía, se encontraba en las pequeñas cosas. En los huecos dejados entre suceso y suceso. Un Dios metáfora. Una realidad que se autorregula y que nos envía señales. Hechos sincrónicos que nos gritan agónicos verdades a aquellos corazones dispuestos a escuchar.
Este texto está inspirado en algo que escribí el día dos de Abril en recuerdo de los caídos en Malvinas. Sin embargo, a pedido de algunos, decidí retirarlo. En momentos de tanto dolor, ciertas reflexiones bien pueden dañar injustamente muchas sensibilidades. De esta forma es que las siguientes líneas son un intento de una reflexión más abarcadora y profunda acerca del funcionamiento de las guerras actuales. Inspirada en parte en el conflicto por las Malvinas, pero con el foco puesto en nuestra realidad de hoy día.
En las guerras modernas, la única victoria es la de la miseria.
Comenzaré entonces por la guerra de Malvinas. El último choque bélico convencional entre dos naciones occidentales. Dejo en claro que no soy experto en el tema. Cuando ocurrió era un niño. Ni siquiera estaba en este país. Así es que trataré de decir lo mínimo indispensable para así no soltar más estupideces de las habituales. Para empezar diré que Inglaterra ganó. Cuentan que le costó más de lo esperado. No sé. Durante un tiempo reconozco que me emocioné con la idea de lo cerca que estuvo la Argentina de ganar. La famosa victoria aérea y todo eso. El caso es que igual Inglaterra ganó. Y a los pibes muertos poco y nada les debe importar la victoria aérea. En la guerra el único ganador es el dolor, nadie más. Supongo que aquel entusiasmo belicista se me fue afortunadamente pasando con el tiempo. Conversando con la gente que lo vivió y sufrió. Hoy creo darme cuenta de que la guerra era imposible de ganar. Al fin y al cabo los ingleses apenas mandaron una pequeña parte de su flota. Así es que no. No podemos ganarle al imperio. Esa es mi conclusión. Y si no, preguntadle a Kadafi, a Sadam o a todo aquel que en los últimos treinta años les haya tratado de presentar batalla. Vietnam quedó lejos, demasiado lejos. Ahora todo es aún peor. La brecha tecnológica y armamentística no tiene parangón. De nada sirve defenderse. Comprar armas es inútil. ¿A quién se las vamos a comprar? ¿A ellos? Lo dicho, de nada sirve.
Bueno, también podemos fabricarlas. Quiero decir que en realidad, teoricamente si existe una posibilidad de ganarle al imperio. Aunque no sé si podemos llamar ganar a lo que a continuación voy a plantear. Juzguen ustedes. Veamos, en principio la clave radica en superarlos en su juego. ¿Cómo? Pues construyendo bombas atómicas por ejemplo. También podemos explotar económicamente a países más débiles para así ganar peso político en el tablero de poder global. O simplemente inventar algún nuevo instrumento asesino hasta ahora jamás pensado por el hombre. El objetivo es claro: destruir y someter al imperio por completo.
No podemos ganarles en su juego.
No sin terminar siendo como ellos.
Esa es la peor forma de perder.
Y así nosotros pasaríamos a ser el nuevo imperio.
Supongo que de eso trata la famosa dialéctica del amo y el esclavo. Esa que dice que todo sometido se ve tentado a, en algún momento, volverse un futuro sometedor. Como en una absurda tragicomedia donde cambian los actores para terminar actuando los mismos papeles. Pues al final el problema no es tal o cual imperio, sino el imperialismo en sí. Por tanto "ganarles en su juego" no es otra cosa que jugar su juego. Mientras que jugar su juego, es sinónimo de perder.
No importa si jugamos con blancas o negras, hay partidas que solo se ganan pateando el tablero.
Esta es una idea muy sistémica. Pues desde nuestro modelo, planteamos la existencia de dos vías de comunicación: textual y contextual. Cambiar el texto no sirve de nada sin un cambio en el contexto. Una película de terror será siempre una película de terror ya mueran siete, diez o ninguno. De esta forma, si queremos ganarle al imperio primero tenemos que ganarle al imperialismo. Osea darle una patada inteligente al tablero. Es decir romper el contexto narrativo en el que éste se desarrolla. Se que es fácil de decir. Muchos dirán de antemano que mi propuesta es utópica. Sin embargo aclaro que no lo es tanto. Todo lo que diré a continuación es una extrapolación de sucesos y estrategias concretas que ya han tenido alguna clase de éxito, o al menos han dejado al descubierto algunos puntos débiles del imperialismo.
El imperio somos nosotros.
Pero quizá debamos primero comenzar a definir que entendemos hoy por imperialismo. Pues justamente el primer paso para derrotarlo será identificarlo. No se puede derrotar a aquello que no podemos ver. Y para ello necesitamos conocerlo un poco más. Trataré de ser breve. No porque no haya mucho que decir sino porque en otros trabajos he dicho mucho ya. El caso es que el imperialismo es la cara agresiva del sistema libre mercado. Una entidad inhumana con características mentales propias. Un suprasistema. Algo así como un virus informático con un archivo insertado en cada uno de nosotros. Y es que todos somos parte del sistema libre mercado. La enfermedad está rizomatizada y resuena fuerte tanto en sometedores como en sometidos. Puede que está sea justamente la mayor fortaleza del imperio. Me refiero al hecho de que todos en nuestras casas consumismo sus series, nos vestimos con sus ropas, usamos sus programas informáticos o jugamos con sus mierda de videojuegos. Somos parte de matrix. Es triste, ya sé, pero es lo que hay.
Así es que ya no es como antes. Lo del bien contra el mal, ellos contra nosotros y todas aquellas cosas tan claras de las antiguas batallas. Pues si alguna vez realmente existieron, hace mucho que quedaron atrás. Hoy todo es distinto. Antes de disparar un solo tiro debemos combatir al imperio en lo más profundo de su territorio. Me refiero claro está a nuestras propias cabezas.
Ahí es donde entra la necesaria la guerra informativa.
Guerra informativa no es sinónimo de censura, sino más bien de todo lo contrario. Al fin y al cabo la censura es una herramienta obsoleta incluso para ellos. El imperio no necesita prohibir. No al menos de la manera clásica. Lo que hace es simplemente no publicar, deformar o infrapublicar ciertas informaciones abanderándose en la libertad de acción que este sistema otorga a las empresas privadas. De esta forma el mayor censurador de este mundo es el mercado. Corporaciones de las que fluyen informaciones sesgadas, masivas y uniformes. No, hoy no hace falta prohibir un texto. Ya no es necesario. Simplemente lo dejan de editar mientras bombardean nuestras librerías con el último libro de recetas eróticas de la famosa de turno.
En la era de los medios corporativos de
comunicación, el rol del estado no puede ser neutral.
Hoy más que nunca resulta necesario que los estados soberanos, en latinoamérica aún quedan algunos, ejerzan la guerra de la información. Son necesarios medios de comunicación inteligentes, repletos de argumentos y que instalen versiones alternativas al rígido relato imperial. Ideas frescas que den vida a la pobre ecología del pensamiento único corporativo. Mensajes beligerantes e irreverentes. Capaces de transformar a los otrora orgullosos voceros imperiales en obscenos alfeñiques de nula gracia. No es utopía. El caso argentino es la prueba de que el estado se encuentra hoy en potencia de ganar la batalla en el crucial campo de la construcción de la realidad. Proponiendo versiones alternativas, fomentando el enriquecimiento del panorama. De esta forma, el estado propone miradas distintas que inmediatamente obligan a la gente a elegir. A pensar y discutir. Instalando nuevamente la política en la sociedad.
La guerra de la información será clave a la hora de construir la legitimidad necesaria para la resistencia. Y es que ahí, en la resistencia, radica el punto más débil del imperio. Pues si bien este es capaz de desarticular sin despeinarse cualquier respuesta de carácter bélico, tiene enormes dificultades a la hora de mantener ocupaciones. Tengamos además en cuenta que hasta ahora las ocupaciones solamente han sido en estados no democráticos. Poseedores de una escasa legitimidad. ¿Qué ocurrirá cuando se atrevan a someter a un pueblo democrático? Porque al menos en latinoamérica la era de los golpes ya pasó. Los ejércitos perdieron toda legitimidad en ese sentido. Nos acercamos por tanto a la era de los ataques directos. De hecho, cuando varios de los grupos corporativos más importantes del planeta se juntan para hablar de "la calidad de la democracia en América Latina", lo que están haciendo es crear las bases ideológicas para avalar una futura intervención. Cosa necesaria teniendo en cuenta que las naciones no democráticas se están agotando. El aparato bélico es un monstruo que debe ser alimentado. Y este no come vidrio, sino guerras, muerte y hambre. Por eso es que no debemos enfrentar al imperio con sus fusiles y sus tanques. La guerra es una guerra de justicia, resistencia y dignidad. En la que un pueblo en democracia le dará a este la batalla de la legitimidad. Resistiendo popularmente a un enemigo descorporalizado, oscuro e indefendible.
Las guerras fortalecen al imperio.
Las ocupaciones lo desgastan.
Repito: ningún imperio actual puede tomar un territorio durante demasiado tiempo sin debilitarse de alguna manera. Los cálidos cuerpos de los soldados no resisten lo planificado por la fría razón imperial. Hace como un mes leía la noticia de que el gobierno de los EEUU mantuvo hasta hace poco conversaciones secretas con los taliban. ¡Con los taliban! Es decir que ni siquiera han podido aplastar a su supuesto mayor enemigo tras diez años de miserable ocupación. Si esto sucede con los un ejército-secta de tan escasa legitimidad, ¿Qué ocurriría si atacaran un estado democrático? Si la resistencia es lo suficientemente legítima, serán vencidos. Pues a mayor es la legitimidad de la resistencia, mayor resulta el daño generado al invasor.
Porque el imperio es una enfermedad de la cordura. Un conjunto de ideas organizadas que viven en todos nosotros. La victoria será entonces como una terapia. En la que los pueblos sometidos por él, lo reconocerán como el verdadero enemigo. Tanto afuera como dentro de si mismos. Sintiendo y reflexionando. Venciendo al miedo. Dejando atrás sus permanentes mensajes psicopáticos. El imperio es una idea. Una idea o conjunto sistémico de ideas organizadas con capacidad de matar, sí, pero una idea al fin. Nada más. La estrategia de combate o terapia no tendrá por tanto éxito si es mayoritariamente física. Esta es una lucha mental, emocional, popular y espiritual. A todos los niveles donde podamos pegarle. ¿La violencia? Sí, pero solo como gesto simbólico y puntual. Siempre proporcional al daño sufrido y con el objeto de desgastar al ocupante. Más que eso sería legitimar la violencia como estrategia. Y eso no nos conviene. Sin duda tendríamos las de perder. Así por ejemplo, una revuelta popular violenta debería ser rápida y fulminante como puñetazo inesperado. Pero jamás jugar con la idea troskista de lo permanente, siempre ella tan funcional al sistema imperial.
La burbuja está por explotar.
Debemos transitar las movedizas aguas de lo posible tratando de no ser capturados. De no caer en su juego. Reírnos de ellos. Están acabados. Asistimos a sus primeros últimos coletazos. Nos hemos dado cuenta. Cada vez somos más los que sabemos la verdad: que solo son un chiste. Un gran chiste. Decía Nitzsche que Diós murió con una gran carcajada, la más grande jamás escuchada. Pues os aseguro que esta será mayor. Dicen que el que ríe el último ríe mejor, y ellos ya han agotado su turno. Pronto nos tocará a nosotros.
¿Será por eso que el imperio le teme tanto a la alegría?
O quizá sea porque no la puede comprar.
Escribiendo desde el sur del sur.
Lic Unai Rivas Campo.
Gracias a Pini Raffaele, Mariano Lopata, Anaclara Raffaele, Yolanda Clua, Marisa Jn, Ala Gubaidullina, Adriana Coria, Luz Malui por los consejos; y a Stella Maris Cao por recordarme el valor estético de la palabra "mequetrefe".