jueves, 10 de febrero de 2011

Pedir, agradecer y elegir creer.

Los psicólogos trabajamos con la subjetividad. ¿Que significa eso? Que no tenemos tuercas para desatornillar, ni órganos para operar, ni bisturís,  ni nada. Trabajamos con lo intangible. Con estructuras estéticas. En otras palabras, con las leyes de la belleza. Repito y desarrollo: Cada modelo psicológico es un intento de entender esas pautas estéticas inmanentes a todo los vivo. De como éstas nacen, viven o mueren. Todos lo psicólogos, con mayor o menor torpeza, nos dedicamos a ello.

Trabajamos con leyes invisibles.
Estas leyes son estéticas.
Los psicólogos trabajamos con la belleza.
Aclaro esto porque en las siguientes líneas voy a hablar sobre Dios. No entendido como como algo objetivo sino como realidad subjetiva e interpersonal. Pues Dios, al igual que sucede con el amor o con la risa, es una realidad fenoménica incuestionable. Vivenciada por millones de personas en este planeta. Recuerdo como alguien muy querido siempre me decía que las cosas que más nos pueden afectar resultan imposibles de ser tocadas, medidas o pensadas. Así, que Dios exista en términos objetivos, o no, es algo que honestamente me importa bien poco. El Dios del que voy a hablar habita en los corazones de las personas, sean estas creyentes, agnósticas o ateas. Es un sistema. Un conjunto organizado de creencias compartidas internas y externas que, con diferentes formas y mensajes, ha sido el permanente compañero de viaje de nuestra especie desde aquel lejano día en el cual nuestra conciencia despertó por primera vez.

Paso sin más preámbulos a la historia que da origen a estas líneas. Hace algunos años me tocó trabajar con una persona que estaba a punto de perderlo todo. O al menos todo aquello que en aquel momento le resultaba importante en su vida. Recién comenzábamos a conocernos, cuando por esas casualidades o causalidades de la vida, ocurrió algo que la llevó a un estado prolongado de pérdida de conciencia. Cuando despertó, habían quedado grabadas en su mente tres palabras:  Agradecer, pedir y creer. Estas palabras fueron la base de su proceso de crecimiento posterior. Pero también dejaron una huella muy importante en mí. Decía el gran Carl Whitaker como un buen terapeuta era aquel que apostaba su propio crecimiento junto con el de su paciente. Esté caso fue un claro ejemplo de ello.

Agradecer.

El mercado fomenta valores omnipotentes pues
la persona omnipontente siempre quiere más.
El occidental promedio vive permanentemente bombardeado por la cultura del "imposible is nothing", de la omnipotencia. Decía en otros escritos como la omnipotencia era la creencia más o menos asumida por las personas de que en esta vida todo se puede, o al menos más de lo real y humanamente posible. La omnipotencia es un componente psicológico que no acepta límites. Marcado por la arrogancia. Una consecuencia de ello es que cada vez nos creemos más responsables de nuestros éxitos, sin darnos cuenta de que al hacerlo, ampliamos el círculo de nuestros fracasos, de nuestras culpas. De esta forma, la mente omnipotente realiza el siguiente diálogo interno: "si creo que todo lo puedo en esta vida y fracaso, entonces ese fracaso será culpa mía".

Agradecer a Dios, como cada uno desee entenderlo, nos permitirá renunciar a nuestra omnipotencia. Darnos cuenta de los múltiples factores externos existentes a nuestro alrededor, haciéndonos más humildes, y quizá incluso un poco más sabios. Ya que al no creernos tan importantes, no nos vanagloriaremos de nuestros éxitos pero tampoco nos hundiremos con nuestros fracasos. Además, al igual que en las religiones orientales donde atención sobre nuestros diferentes estados de conciencia resulta vital, agradecer nos dará la posibilidad de tomar una conciencia más clara de los aspectos más saludables de nuestra vida. Decía Ronald Laing que en esta vida, lo obvio, resultaba aquello más complejo de ver para todos nosotros. Así, agradeciendo, cada día, levantamos el manto que cubre nuestras pequeñas felicidades cotidianas.

Pedir.

Pedir es reconocer una carencia o limitación. Aceptar el hecho de que el éxito o el fracaso será análogo a ese ave lejana, visible pero inalcanzable llamada destino. Demasiado ajena a todos nosotros. No será posible por tanto culparnos o enorgullecernos demasiado frente a él. Pero no nos engañemos, pues pedir, en términos espirituales, será también un compromiso activo en el cual elegiremos caminar hacia aquel deseo abiertamente reconocido y expresado. De esta forma, pedir nos hará responsables de nuestras peticiones, instándonos a avanzar humildemente en dirección a ellas. De este modo, aquel que pide a Diós, desde una verdadera honestidad espiritual, sentirá una paz trascendente, superadora y duradera. Más allá de la consecución, o no, de lo que por nosotros fue pedido. Así es que "Pedír", a diferencia del clásico exigir, será la puerta de entrada a un estado de conciencia más saludable del ser.

Elegir creer.

Recuerdo un pasaje del "Viaje a Ixtlan" donde Don Juan le expresaba a Carlos Castaneda como sus enseñanzas precisaban de algo que él llamaba "elegir creer". También vienen a mi mente las palabras de Kierkegaard cuando hablaba de como el hombre, para vivir con fe, necesitaba sí o sí dar un salto hacia el vacío, un salto de fe. Un reconocido y muy criticado autor popular proponía su personal versión de esta idea: Vivir es correr riesgos.  Saltar al vacío, elegir creer, tirarse a la pileta... todas ellas metáforas que me recuerdan muchísimo a Sarte con su concepto de hombre "arrojado al mundo". Creo que la diferencia consistirá en que algunos se arrojarán mientras que a otros, a causa de su pasividad, serán arrojados. Así se crea el dilema: Arrojarse o ser arrojado, vivir o ser vivido, existir o ser existido.

Un salto de fe
Hacia un mundo nuevo
Hacia un hombre nuevo.
Eso es pues "elegir creer". Una forma de decidirse de manera libre y responsable por una concepción del mundo, una brutal apuesta hacia la vida, un compromiso activo con una existencia determinada. Para algunos será desde la fe, para otros quizá desde la política, puede que muchos se decanten a su manera por las dos. Pero lo cierto es que la fe, ya sea desde el renovador "un mundo mejor es posible" o desde la libre entrega a ese "poder superior", sin duda nos liberará, haciendo de nosotros hombres y mujeres nuevos, mejores.

Sé que son muchas las personas que descreen de la religión. Comprendo sus motivos. Algunos dirán que su desconfianza proviene de los manejos de las iglesias. Comprendo sus motivos también. Como no hacerlo si yo pensaba de igual manera. Pero este es un mundo postmoderno, otra realidad. Lo que era malo antes es ahora maravilloso en comparación con lo que se viene. Es verdad que por desgracia Benedicto y sus amigos están apoyando desde hace muchos años al bando equivocado, a ese que los barrerá a ellos inmediatamente después de habernos barrido a todos los demás. De hecho, ya está empezando. Y si no mirad la televisión. Viereis como los grandes grupos económicos, esos a los que tanto apoya la alta jerarquía eclesiástica, fomentan desde los medios de su propiedad despiadadas y cínicas críticas a toda forma de fe. Un caso increíble es el del presidente Berlusconi en Italia, al que ya solo le falta violar a una niña de doce años delante del Papa para que desde el Vaticano, por fin, se tome la decisión de retirarle el incondicional respaldo recibido hasta ahora. Sin embargo, las pésimas decisiones tomadas por un pequeño grupo, ya al borde de la extinción, no deberían confundirse con el verdadero espíritu de las Iglesias, ese por el cual el mercado también las tiene en la mira: Los valores comunitarios. Y es que no olvidéis que allí donde hay una comunidad organizada con una epistemología común, el neo liberalismo miserable lo tendrá mucho más difícil para penetrar.

Ojalá, cada uno desde su lugar, fe o ideología se siga jugando por aquello que cree. Porque hoy, para esos cientos de pueblos que viven atrapados bajo el yugo del imposibilismo, del racionalismo agónico e inmovilizante, elegir creer quizá hoy sea su única y última esperanza.

Mi esperanza.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

miércoles, 2 de febrero de 2011

La angustia.

Existen dolores que jamás se superan, imposibles de ser negados y que seguro nos dejarán cicatrices de por vida. No cabe duda de que estos son los peores, pero también pueden ser paradójicamente los mejores, pues nos obligarán a hacernos más humildes al aceptar las limitaciones de lo poco que podemos hacer frente a ellos. Esta es la encrucijada por la cual todos pasamos en algún momento de nuestras vidas: Aceptar o negar.  Negar es silenciar, algo así como decirnos "duele pero no lo escucho". No obstante, lo cierto es que aunque no lo escuchemos o no queramos escucharlo, por mucho que miremos para otro lado, el dolor, seguirá estando. Solo que esta vez en forma de angustia. La angustia es ese ahogo permanente, un sentirse morir a cada momento, leve y constante a la vez. Tanto que incluso, con el tiempo, hasta te acostumbras. Aprendes a vivir con la angustia como cortina de fondo de tu vida. A reírte sin ganas, a comer sin ganas o en definitiva: A vivir sin ganas. Podemos recorrer así el camino de nuestra existencia durante décadas completas. Escapando del pozo de nuestro dolor para terminar asfixiándonos en el fatal abismo nuestra la angustia.

La angustia es una señal que el cuerpo emite ante el
dolor negado. También puede servirnos de impulso.
Y es que la angustia es como el olor a basura. Una pestilencia irreconocible producida por una enorme cantidad de sentimientos encerrados, mezclados y pudriéndose en la oscuridad. Sin embargo amigos míos, esa no es precisamente la función de la angustia, el motivo por el cual nos fue "dada". Ella, no nos odia. Tampoco busca hacernos ningún mal. Solo nos grita agónica. Como el último suspiro de un moribundo, susurrándonos al oído que algo huele a podrido en Dinamarca. Un "algo" que nos quema, pero que por miedo es negando hasta el agotamiento, nuestro agotamiento. Y así volvemos al dilema planteado al principio. Aceptación o negación. Pues al igual que podemos aceptar nuestro dolor, volviéndonos más humildes, sensibles hacia el sufrimiento ajeno, y quien sabe, quizá incluso mejores. También podemos hacer lo mismo frente a nuestra angustia. Atender su mensaje para después, libremente, hacernos cargo y elegir que hacer con él. Algunos buscarán una terapia. Otros se decidirán por compartir su dolor junto a un ser querido. No faltarán aquellos que se desahoguen solos, a través de sus lágrimas. Y finalmente puede que unos pocos simplemente elijan irse a la mierda. Si, he dicho a la mierda. Porque no olvidemos nunca que además de una señal, que aparte de una trágica, agónica y sutil vivencia ahogo; la angustia será también un viento. Oscuro, pero un viento. E impulsados por él, hombres, mujeres y pueblos enteros se han embarcado desde el inicio de los tiempos en infinidad de maravillosos viajes, creaciones, o incluso dulces revoluciones. No sé que más decir. Que cada cual se juegue valiente por aquello que considere más honesto, más propio de su naturaleza interna. Mientras tanto, mientras cada cual decide como vivir ante la mirada de nuestra pálida amiga llamada Angustia. Siempre podemos simplemente seguir viviendo, sobreviviendo.

Con dignidad.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

Gracias a Marisa, Pini, Catalina, Blanca y Stella por sus invalorables aportes. Y como olvidarme de Laura, cuyas palabras le dieron el impulso necesario a las primeras líneas de este escrito.

martes, 25 de enero de 2011

Hace veinte años.

Hace veinte años me hubiera peleado a muerte con el psicoanálisis. Con su prepotencia por imponer interpretaciones arbitrarias sobre la subjetividad de los demás. Con su organización elitista. Pero sobre todo con su tendencia intelectual de carácter masturbatorio.

Hace veinte años me hubiera peleado a muerte con las Iglesias. Con su permanente imposición de valores religiosos propios hacia aquellos que no profesan su fe. Con su resistencia dogmática a los avances científicos. Pero sobre todo con su convivencia perversa en los más oscuros episodios de la historia humana más reciente.

Hace veinte años me hubiera peleado a muerte con los Estados. Por ser estos sistemas organizados de opresión y control sobre el hombre. Por su permanente torpeza burocrática a la hora de afrontar los problemas de sus ciudadanos. Pero sobre todo por su enquistada y sucia tendencia a la corrupción.

Así te quedas si te peleas con la masa acrítica.
Igualmente no me quejo.
Lo elijo.
Hace veinte años...

Hoy, la nada, la pseudoobjetividad neoliberal, lo miserable, lo privatizado, está atacando. Y a ella le molesta profundamente el psicoanálisis. Le resulta poco práctico. Huele demasiado a subjetividad. A humano. Lo mismo sucede con las Iglesias, pues estas siembran y fortalecen a las comunidades. Llenándolas de dignidad. Imponiendo un freno sobre la cultura de la miseria, de las zapatillas "nike" y el paco. Y tampoco, claro, toleran a los Estados, pues desean, a muerte, su privatización y su entrega a los intereses corporativos transnacionales.

Asi es que, ahora, los idiotas útiles, los progres neomoralistas,  los obsecuentes del lugar común, los inquisidores de la razón intolerante, se envalentonan. Repito, ahora. Criticando, denostando y humillando. Haciendo leña del árbol caído. Demostrando su profunda cobardía. Pero sobre todo, siendo funcionales a los más crueles deseos del sistema llamado libre mercado.

Hace veinte años me hubiera peleado a muerte con psicoanálisis, iglesias y estados.

Hoy, me peleo a muerte.

Para defenderlos.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

sábado, 22 de enero de 2011

El lobo.

Que se vayan los propagadores de mentiras, los enemigos de lo ajeno, los idólatras de la envidia. Que se lleven con ellos su perfume agrio, su sudor sin sal y su mueca de falsa prisa. ¡Que se marchen! Muy lejos. Tan lejos como un grito, un adiós, una cuna o un perdón. Que se olviden. Que enloquezcan, que resuciten y que se mueran. Y que cuando algún día les pregunten quien mierda fui, saber que coño contestar no sepan. ¡Que no me jodan! ¡Que se pierdan! Y que con las ilusiones que por ellos perdí que hagan si quieren lo que quieran. Que las compren, las usen o las vendan. Lo mismo ya me da. Que me intenten, si pueden, enterrar. Que lo intenten. Usaré mis dientes. Veremos quien termina. Veremos ¡Joder! Quien termina. Hundido bajo tierra.


Pero que vengan a mi los locos, los perdidos, los atorrantes, los poetas del kiosco y del cartón de vino. ¡Que bailen los malditos! Y que  me canten sus canciones. Sus tangos, sus milongas, sus payadas y sus cumbias. Villeras. Pegajosas. Como tu saliva mezclada y enredada con los flujos de mi lengua. Que me traigan su alegría. Que le den sentido a este absurdo día. Pero que escuchen. Que atiendan. ¡Que soy uno de ellos! Que también nací para la guerra. Que soy de la manada. Que de la manada soy un lobo. Condenado a ser un hombre. Redimido y libre en las noches, de boliches, de luna llena.

miércoles, 19 de enero de 2011

La felicidad.

No tuve una infancia feliz. Entonces así lo creía. Ahora lo sé. Supongo que por eso siempre tuve mucha curiosidad por saber a que se refería la gente con eso de la felicidad. De que mierda estaban hablando. Pasé muchos años intentando descubrir el secreto que supuestamente se encontraba detrás de aquella palabra. Tanto que en el transcurso de esos años incluso me Licencié en psicología. Aunque eso fue más por casualidad. En aquella época detestaba caminar y resultó que la facultad de psicología, que milagrosamente había aceptado mi solicitud de ingreso, se encontraba más cerca que la de derecho. En fin. Cosas de la vida y de la pereza. El caso es que tras varios años de búsqueda dejé el tema en el freezer. Suponiendo que este era uno de esos muchos misterios sin respuesta. Todo continuó de la misma manera hasta hace unos pocos años, cuando una paciente, tras un intenso proceso de reconstrucción personal, ya cerca del alta, comenzó a relatarme un sueño que había tenido días atrás: Estaba terminando de reconstruir un barco. Faltaban solamente algunos detalles, como unos pocos clavos y algo de pintura. La persona contaba con asombro como vivenció cada paso de aquella reparación. Hasta que finalmente el sueño concluyó con un espectacular izado de velas. No hay que ser un experto en psicología como para darse cuenta de cuanta salud emanaba aquella onírica vivencia. Pocas semanas después tuvo el alta. Pasaron unos meses y volvió. Solo venía a darme las gracias. Es increíble como algunas personas cometen el psicótico error de vincular sus mejorías a mi torpe persona. Pero lo verdaderamente curioso es que pocos minutos antes de terminar nuestro encuentro me relató como el sueño del barco se había vuelto a repetir. Esta vez el viento comenzó a soplar, las velas se llenaron, y con fuerza desgarradora toda la estructura de aquel buque comenzó a moverse. Para concluir contó como, al despertar, fue invadida por un indescriptible sentimiento felicidad.

No podemos controlarla. Solo podemos intentar estar
preparados para el día en el que aparezca.
Y es que hoy, tras varios años de búsqueda, me he dado cuenta de que la felicidad es como un viento. Que nos acaricia con su soplo. Movilizando todo nuestro ser. Que al igual que el viento no puede ser controlada, pues tan pronto aparece como se va. Quizá sea por eso que algunas personas pasan gran parte de sus vidas atrapadas en una época o etapa, añorando una felicidad que una vez allí sopló pero que ya jamás volverá. Gente que sale por los mismos lugares que en su juventud, repitiéndose a si mismos como fantasmas, anhelando infructuosamente volver a vivir aquello que una vez vivieron pero que nunca más vivirán.

¿Como encontrar entonces la felicidad si esta sopla de manera tan impredecible? La respuesta es sencilla. No podemos. Ella será la que nos encuentre a nosotros. Cuando menos lo esperemos, simplemente soplará. Sin embargo solo la sentiremos sí antes nos hemos encargado de construir un buen barco. Fuerte,  que aguante el movimiento. Ordenado, para no sentirnos ahogados dentro del él. Pero sobre todo con las velas desplegadas en alto. Preparadas para llenarse con la fuerza de la felicidad.

Quizá amigos míos el viento de la felicidad ya esté soplando en este mismo instante en el barco de nuestras vidas. O quien sabe. Quizá no. Lo cierto es que solo podemos hacernos una simple pero importante pregunta. ¿Hemos izado nuestras velas?

Lic. Unai Rivas Campo.

Escribiendo desde el sur del sur.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Pobreza, riqueza, miseria y dignidad.


La razón despertó de su sueño
dando comienzo a la auténtica pesadilla.
Algunos idiotas útiles aún pregonan el fin de las ideologías. Por supuesto que también cargan alegres contra las religiones o los sentimientos nacionales. Todas ellas, según la moral postmodernista, formas de pensamiento poco ajustadas a la razón. Esta moralina supuestamente "progre", condena a todo aquello que no se puede ver, medir o tocar al ostracismo. Siempre con la promesa de que, algún cercano día, viviremos en un paraiso racional de libertad.

Pero lo cierto es que el ansiado paraiso no parece estár llegando y que tras el debilitamiento global de ideologías, religiones y sentimientos nacionales;  la naturaleza humana ha retrocedido. Por lo que sabemos gracias a estudios antropológicos los occidentales no somos persanas más felices ni más saludables mentalmente de lo  que lo éramos 50, 100 o 1000 años atrás, y por primea vez en toda nuestra existencia como especie corremos peligro real de desaparecer. Atrapados dentro de esta dictadura de lo razonable retrocedemos cada vez más  frente a nuestro nuevo gran y terrible enemigo: la miseria.


Sobre eso, más o menos, tratará este artículo.


La pobreza:

En a foto se ve claramente como el libre
mercado toma contacto con esta "cultura pobre".
El objetivo: Transformarla en una "cultura miserable".
La pobreza se define por la falta de recursos económicos. En las sociedades capitalistas, estos recursos son la clave de la supervivencia. La ausencia completa de ellos nos conduce incluso a la muerte. Cuando los recursos son bajos, las posibilidades de acceso a los bienes de consumo también lo son. Salvo en los estados donde las necesidades básicas (Alimentación, educación, seguridad y sanidad) tienen rango de derecho, tener menos, reduce inevitablemente nuestras posibilidades de desarrollo. Las ideologías políticas se encargaron en los últimos siglos de dar la batalla por la distribución de los recursos económicos. Ciertas ideologías favorecen a los más ricos mientras que otras trabajan por los intereses de los más desfavorecidos. Con el paso del tiempo me veo obligado a reconocer que las dos poseen argumentos inteligentes. Yo, por una cuestión "de sangre", no puedo dejar de inclinarme por una de ellas. Porque al final, este tipo de asuntos poco y nada tienen que ver con los argumentos. Supongo que Focault estaba acertado cuando decía que la razón actuaba como la más importante forma de imposición de la "verdad" de los poderosos. Quisiera añadir que en ocasiones el mercado califica de pobres a culturas que en realidas no lo son, ya que no se admite el hecho de que existan civilizaciones libres de la necesidad de bienes materiales. De esta forma la pobreza tendrá muchas más posibilidades de ser vivida de manera saludable en contextos culturales aún no invadidos por el libre mercado. Si es que queda algo de eso por ahí.


La riqueza:

Nunca fui rico. Soy psicólogo. Así que tampoco, creo, lo seré. Pero tuve pacientes, amigos y conocidos que si lo fueron o lo son.

Solo se trata de cosas.
No deberían ser tan importantes en nuestras vidas,
Sin embargo los son.
¿Por que?
Por lo pronto, puedo decir que no hay demasiada diferencia entre ellos y nosotros. Al menos en lo que a felicidad respecta. Lo que quiero expresar es que hasta donde sé, parece ser cierta esa famosa frase que afirma que el dinero, al menos en forma estable y sostenida en el tiempo, no da la felicidad. Sin embargo los ricos continúan empeñándose en no repartir aquellas inútiles posesiones de sobra. Esto que parece, y en parte es una ironía, quizá no debería tomarse tan a broma. He buscado en muchos libros de psicología y filosofía los motivos por los cuales algunos ricos se empeñan en defender con uñas y dientes aquello que psicológica y existencialmente no parece servirles para mucho. Y lo cierto es que salvo en la dialéctica del amo y el esclavo de heguel no he encontrado nada demasiado importante dedicado al respecto.

La dialéctica del amo y el esclavo. Habla sobre las relaciones de poder entre subjetividades. De como y por que los hombres desean ejercer dominio sobre los otros hombres, así como del funcionamiento de la relación entre dominantes y dominados. Para los que no conozcáis la citada reflexión Hegeliana os propongo que veáis este vídeo de nueve minutos: Dialéctica del amo y el esclavo.

Pero no creo que podamos explicar completamente el fenómeno de la riqueza a partir de la dialéctica de Hegel. Aparte de que no acuerdo con todo lo dicho por este gran filósofo, creo que muy pocos ricos alcanzan una cuota de poder lo suficientemente grande como para establecer un dominio sobre el otro tan importante.

Relacionarnos con cosas nos "cosifica",
anestesiando así nuestro dolor
 Sin embargo, solo a partir de las ideas de este hombre genial es que podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿Para que esta necesidad de poder sobre el otro? Una respuesta interesante la podemos encontrar en la psicología de la adicción, donde el vínculo de control sobre un objeto, nos objetiviza, es decir nos "cosifica". Así, controlar objetos o personas, hace que nuestro dolor emocional quede anestesiado. El ejemplo clásico es el de esa persona que tras llegar a su casa, cargada con decenas de problemas del día a día, se sienta frente a algún aparato tecnológico, o algún otro objeto controlable, y queda como "atontada", es decir existencial y emocionalmente sedada. Este fenómeno de sedación emocional también se da cuando consumismos objetos de cualquier tipo, ejerciendo el citado control anestesiante. De esta forma la riqueza, entendida como la posesión de múltiples objetos termina siendo adictiva y por tanto enormemente difícil de dejar.

Podemos concluir entonces que todo control es adictivo y por tanto siempre difícil de abandonar. Pero además de adictivo, todo control es por definición omnipotente. Imagino que no se entiende lo que digo. Trataré de poner un ejemplo sencillo: Cuando controlo un objeto, una piedra por ejemplo, metafóricamente hablando soy el Dios de esa piedra. Yo elijo si subirla, bajarla, enterrarla o tirarla. Direis, y es cierto, que no puedo hacerla volar, por eso he dicho "metafóricamente". je! La omnipontencia actúa como un autoengaño, donde el hecho de controlar nos hace creer que somos pequeños dioses o "diosecillos". Y esa omnipotencia, de alguna manera arma una ilusión que nos eleva sobre los demás, incluso sobre nuestros propios dolores emocionales.


La riqueza insana o miserable es omnipotente.
No tolera ningun límite.
Ni siquiera el del tiempo.
 Aparte la omnipotencia tiene otra característica: Es incapaz de renunciar a nada. Decíamos en otro post que "elegir es perder" y por desgracia eso es lo que la omnipotencia justamente menos tolera. Pues la mente omnipotente lo quiere todo, todo y todo, ya que para ella todo es posible menos el límite impuesto por la pérdida. Esta característica es mucho más común de lo que creemos. Si prestamos atención a nosotros mismos o a muchos de nuestros semejantes veremos como existen multitud de personas indecisas que, ante la imposibilidad de elegir entre dos o más objetos de consumo, se llevan los todos.

Hasta ahora hemos definido a la riqueza insana como una condición patológica omnipotente de sobreacumulación y control de objetos. Todo con el objetivo explicar el porque de su existencia y persistencia. Pero si reflexionamos un poco, nos daremos cuenta de lo aplicable que es todo este modelo onmipotente de control y acumulación a todas las clases sociales y no solo a las más favorecidas económicamente. De manera que la patología que encontramos en aquellos a los que vulgarmente conocemos como "ricos", la podemos hoy encontrar también en todos los segmentos económicos y sociales.

Finalmente me veo obligado admitir que estaría faltando a la verdad si no reconociera la existencia de una "riqueza digna". Yo, que trabajo en una institución donde participan personas poseedoras de grandes fortunas económicas, tengo que reconocer la enorme sabiduría y valor humano de muchas de ellas. Dice una amiga mía que en esta vida no se puede generalizar. Yo creo que sí se puede y se debe. Lo que si siento que no se debe de hacer, es imponer esa generalidad a un particular en concreto sin antes haberlo conocido. Bueno, pues yo he conocido a infinidad de personas con mucho dinero que en absoluto son adictas a él y que verdaderamente entienden a su fortuna como una circunstancia más en sus vidas. Esta riqueza digna nunca es agresiva con nadie y generalmente suele estar asociada a la honestidad e integridad de estas personas.


La miseria:

Al hablar de una riqueza patológica he dado la pista acerca de aquello sobre lo cual quiero hablar durante las próximas líneas: La miseria.

La miseria no tiene necesariamente que ver con la pobreza. Es una forma de vida inhumana, irrespetuosa y anticomunitaria. Que atrapa a pobres y ricos por igual.

Que fácil es ver la miseria en los demás...
Creo honestamente que la actitud de usurpar, por tanto privatizar, un parque público, es decir, de todos, es miserable y debe ser combatida mediante el uso del poder del estado. Pero igualmente miserable es aquel policía que insulta, humilla, mata y desprecia. Miserable es aquel que va a un país que no es el suyo e incumple sus leyes y desprecia sus costumbres. Pero también lo es aquel que habla con desprecio de la tierra que lo vio nacer y aún le sigue dando de comer. Miserables son los pueblos insolidarios con sus países hermanos. Miserable también es ese que insulta a sus instituciones y representantes por el caprichoso hecho de no haberlas votado. Miserable es el medio de comunicación que instala el miedo en una sociedad para satisfacer sus sucios fines económicos, tanto casi como los padres que gastan fortunas en sus vacaciones pero regatean con la salud de sus hijos. Miserable es el representante político que roba así como lo es todo ciudadano que saca ventaja sobre otro ciudadano. Miserables somos cuando nos jactamos de la marca de nuestras zapatillas o cuando compramos objetos para anestesiar nuestro dolor. Miserables son los amigos de la cultura del "sálvese quien pueda". Miserables podemos ser y seguro hemos sido muchos de nosotros al menos en algún momento de nuestras vidas.

Por eso, seas pobre, rico o clase media. La miseria, entendida como estado de conciencia existencial, te puede alcanzar igual. Es una consecuencia inhumana de ese sistema egoísta llamado libre mercado. Entidad sistémica que "privatiza" hasta lo que es privado, inyectando en nuestras mentes el crudo veneno del egoísmo. De tal manera, la miseria humana se transforma en el abono ideal donde la semilla de los peores valores del mercado germina. Se crea así una cibernética enferma donde tenemos a un sistema mercado creador psiquismos enfermos y a unos psiquismos enfermos que, con su consumismo voraz, alimentan a su vez el crecimiento del mercado.

No estamos por tanto en la época de la lucha de clases. Ojalá. Pues en ella encontrábamos una dignidad que hoy escasea. Tampoco estamos ni de lejos cerca del "fin de la historia". La historia esta más viva que nunca. Y como dice la canción, grita de dolor. Está temblando bruscamente ante el mayor enemigo que fe e ideologías jamás encontraron. Poniendo en jaque a ricos, pobres, piadosos, intelectuales e ideólogos. Pues todos corren, corremos, el peligro de desaparecer frente al gélido viento de la miseria.


La dignidad:

Trataremos de dejar por unos minutos de lado el probema de la miseria para poner el foco sobre aquello que actúa como elemento contrario: La dignidad.

La dignidad es un estado psicológico tan personal como comunitario. Donde el otro es sentido además de simplemente percibido, dando así lugar a un vínculo que posibilita la construcción de lo común, entendiendo a este como a un sistema contenedor, creador de identidad y pertenencia.

La dignidad funciona como un estado de conciencia del cual grupos e individuos podemos en todo momento salir para caer en un estado miserable. Esto siempre me recuerda a los maestros zen cuando explican el camino a la iluminación como un estado de permanente atención (diferente al control). Darnos cuenta de las diferencias entre los dos estados de conciencia nos da la posibilidad de elegir como individuos cual del ellos escoger. Recuerdo como hace algunos años (me estoy haciendo viejo) me sucedió algo que puede ser ejemplificador de lo que deseo expresar:

La dignidad suele ser muy atacada pues con su luz desnuda
lo peor y más oscuro de nosotros mismos.
Trabajaba en un Burguer King desde hacía unos meses. En aquella época me sentía dichoso. Me habían prometido que pronto sería "supervisor de turnos". Sin embargo mi dicha estaba rodeada de una extraña ansiedad que no lograba identificar. Un sentimiento de vacío que sin duda era nuevo para mí. Una de mis tareas típicas era la de arrojar la basura a los contenedores. Solía quejarme porque los vagabundos la revolvían en busca de comida. Muchos de ellos eran inmigrantes que carecían de los recursos mínimos para subsistir. Un día de poca basura útil uno de ellos me pidió "una hamburguesa o lo que fuera". Yo que estaba harto de aguantar todos los días a aquellos tipos husmeando en "mi basura", respondí de manera vehemente que no. Aún resuena en mis oídos el ruido de aquella puerta trasera al ser cerrada. Cuando me di vuelta, orgulloso de mi mismo, vi a una de mis compañeras, inmigrante también, María se llamaba creo. No se. La recuerdo más por sus ojos, siempre tristes, que por su nombre. El caso es que estaba preparando una doble con queso. Recuerdo como cruzó la cocina segura y sin mirarme, abrió la puerta y le entregó la hamburguesa al hombre que aún continuaba rebuscando entre los desperdicios de la clase media europea. En mi vida se me había hecho tan evidente el miserable ser que habitaba en mis adentros. María nunca reprochó mi accionar. En ese momento hubiera deseado que lo hiciera pues ello hubiera permitido ponerme a la defensiva. Pero no lo hizo. De hecho jamás hablamos acerca de lo ocurrido. Y sin embargo aquel día una parte de mí quedó desnuda. Condenada a no poder olvidar jamás ese instante donde tomé conciencia de mi propia miseria a través de aquellos ojos tristes. Tan repletos de dignidad.

Supongo que la dignidad es algo así como una antorcha que nos guía e ilumina pero que también nos desnuda, haciendo evidente lo más oscuro en todos nosotros. Es ahí donde se genera el gran dilema frente a la dignidad: Aceptar o rechazar su luz. Rechazar implica negar y como ya dijimos en otras ocasiones todo sentimiento negado genera ansiedad y vacío. Aceptar, implica enfrentarnos al dolor de nuestra verdad subjetiva. A nuestras pequeñas miserias cotidianas. Empujándonos hacia la hoguera de nuestro dolor, para después, resurgir de nuestras cenizas como seres libres. Una persona a la que guardo un profundo respeto me dijo una vez que el crecimiento, psicológico, existencial o espiritual, era siempre una tarea dolorosa. Hoy me doy cuenta de la mucha razón que tenía.

Manifestaciones de dignidad popular.
Pero no me quiero cerrar en el individuo. He sugerido al principio que existe una miseria colectiva. Bueno, pues de la misma manera nos encontramos con los fenómenos de dignidad colectiva. Cuando un pueblo, sin despreciar al otro, reivindica o lucha por su existencia. Cuando se construye un espacio de encuentro del tipo que sea, asistimos al más sagrado fenómeno: El de la dignidad colectiva. Los Cristianos dicen, "cuando dos o más personas se junten en mi nombre allí estaré yo". Creo entender a que se refieren.

Y es por esto que desde los confines más ocultos de la periferia de las grandes ciudades-mercado, surgen iglesias, partidos políticos, asociaciones de vecinos, clubes etc. todos ellos representantes, cada uno a su manera,  de la antorcha colectiva de la dignidad.

No es tiempo de rendirse. Aún en el peor momento de nuestra civilización. Innumerables grupos de personas. Continentes enteros! Están dando la batalla contra la miseria. A veces con esquemas, modelos, religiones o ideologías denostadas por las frías élites por pertenecer "a otro tiempo". Pero no les importa. Y es que los pueblos reivindican su derecho a la alegría, siempre con la firme voluntad de no ceder más terreno a lo insano, de construir comunidad donde no la hay y fortalecer aquella que ya está. Asistimos, como dicen los orientales, a tiempos interesantes. Se esta escribiendo la historia, y nosotros los pueblos, seremos la maza que decidirá si este es el principio del fin o el fin de algo que pudo haber sido un hermoso principio.

Escribiendo desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.



martes, 7 de diciembre de 2010

Elegir es perder.

Para los psicoanalistas más ortodoxos, el inconsciente siempre quedará ubicado en el papel del "malo". Situándolo como ese "Otro" terrible, enemigo acérrimo e implacable de la libertad del hombre. R.D. Laing planteaba en el prólogo de uno de sus libros más conocidos como, a su juicio el gran Freud, asustado por su descubrimiento, inventó la técnica psicoanalítica para domesticar a su recién nacida criatura. Así, desde la mirada más tradicional del psicoanálisis, el inconsciente deberá ser arrancado de su mágico reino para ser sometido y controlado mediante interpretaciones por el supuesto delito de engañar a nuestro consciente. Condenado a cadena perpetua por poner en peligro nuestra capacidad de elección, o dicho de otra manera, a nuestra libertad.


A la mente racional le cuesta tolerar la contradicción.
Por eso expulsa lo contradictorio al inconsciente.

 Ahora bien, desde la práctica sistémica afirmamos lo contrario, es decir, que es el consciente el que se auto engaña, pues "su lógica", no tolera contradicción alguna. A este fenómeno de la mente se lo llama "disonancia cognitiva". Tengamos en cuenta, a modo de ejemplo, como en una simple discusión consciente sobre política, fútbol o cualquier otro tema cotidiano, se termina dando por vencido a aquel contendiente que se termina contradiciendo de alguna manera. De esta forma, cuando nuestra mente consciente entra en alguna clase de paradoja (entre los afectos y los sentimientos por ejemplo) tiende a construir una narrativa dominante, es decir una explicación de la realidad, vaciada siempre de molestas contradicciones. Dicho en otras palabras:  Con tal de no admitir lo contradictorio, la mente consciente puede racionalizar hasta lo menos razonable.

Ahora bien.. ¿A donde va lo contradictorio, o dicho de manera más sencilla, aquello que no encaja en el consciente y se descarta?

Pues derechito al inconsciente.

Porque como bien decía Freud, en el inconsciente no existe el concepto de contradicción, así es como nuestro mundo más íntimo y personal se termina transformando en un cubo de basura donde tiramos nuestros sentimientos más difíciles de reconocer, aquellos que ponen en tela de juicio nuestros más profundos valores o convicciones.

Ahí es, desde mi punto de vista, donde comienzan dos problemas.

Todo sentimiento no reconocido
se transforma en ansiedad.
En primer lugar porque se sabe que todo sentimiento negado se transforma en ansiedad, así, a más negamos nuestros afectos, más angustiados, temerosos e inseguros nos terminaremos sintiendo. Tengamos en cuenta que aquello que sentimos nos otorga una seguridad y una "consciencia de ser" imposibles de lograr a través del simple pensamiento racional. 

En segundo lugar es preciso tener en cuenta que la libertad no es posible sin la plena conciencia de quienes somos, y eso, necesariamente incluye a los mensajes más importantes del inconsciente, es decir, a nuestros sentimientos menos reconocidos. De esta forma no hay verdadera libertad sin el honesto encuentro con nuestros afectos, más allá de que después elijamos hacer lo contrario. Y es ahí, en la palabra elegir, donde a mi manera de ver, está otra de las claves de este enigma, pues elegir o decidir implica dos cosas:  Descartar opciones y asumir responsabilidades.

Descartar opciones significa lisa y llanamente asumir que "elegir es perder". Siempre que en esta vida tomas una decisión obligatoriamente dejas de lado a todas las demás. Imaginemos a la libertad como un primer ministro que escucha a todos sus consejeros y que en cada ocasión se decanta por lo dicho por uno de ellos, dejando de lado las opiniones del resto. Escucha a todos pero se juega siempre por uno. Así funciona la verdadera y auténtica libertad: Descartando posibles caminos. Siguiendo el ejemplo anterior, sin todos los consejeros, el primer ministro no estará completo y no será por tanto del todo libre. Lo mismo sucede con el mundo de nuestro inconsciente, fuente de nuestros sentimientos, pues si cometemos el desacierto de bloquearlo, nuestra verdadera libertad quedará renga o incluso truncada.

No podremos jamás ser libres si ignoramos lo que sentimos en el fondo de nuestro corazón.

Esto no significa que aquí se esté hablando del famoso postulado psicoanalítico de "hacer consciente lo inconsciente", no es esa mi idea.  Llevar a la conciencia racional un hecho íntimo y vivencial resulta tan torpe o bizarro como cantar con música de rock el discurso del presidente del Banco Mundial. A lo que me refiero es a entender lo irracional "en sí", escuchando su mensaje en su propio idioma, para más tarde, ver que se elige libremente hacer con él.

Ser libre es elegir.
Elegir es perder, 
Perder duele.
Cuando hablo de asumir responsabilidades, me refiero a asumir de forma honesta las consecuencias de nuestra decisiones. Rara vez nos encontraremos con alguna decisión que no tenga alguna consecuencia dolorosa, asumir ese dolor será el verdadero precio a pagar por nuestras decisiones. De este modo, más responsabilidad seamos capaces de asimilar, a más consecuencias asumamos, a más dolor encajemos... más libres llegaremos a ser.

Aclaro que responsabilidad jamás será sinónimo de culpa, en la culpa solamente se te castiga, castigas o te auto castigas. y ya está. En cambio, en la responsabilidad "aprendes", más o menos dolorosamente, e intentas, como se pueda, cambiar el rumbo.

Quisiera concluir este escrito expresando mi convicción de que la elección, piedra fundamental de la libertad, es una acción posible para todos los hombres y mujeres de este mundo. Sin embargo, en muchas ocasiones el precio a pagar es caro pues como ya hemos dicho, elegir es perder y perder... duele.

A veces demasiado.

Saludos desde el sur del sur.

Lic. Unai Rivas Campo.

Tras la cortina de  tristeza
brillará para nosotros el sol de la esperanza.
Algún día..